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La geografía de los pobres

La geografía de los pobres está compuesta de laderas movedizas, que en cualquier momento caen inclementes sobre casas y personas. Está constituida por ríos de aguas negras que se alocan y corren por donde quieren, llevándose a su paso bienes, vidas y sueños. También está configurada por montañas flojas que los amenazan pero no los alejan. Pero los principales accidentes en la geografía de los pobres son los humanos: la historia estructural de marginación, la pobreza, la exclusión, las desesperadas decisiones para tener un lugar donde vivir, la carencia de visiones, políticas y acciones que los gobiernos deberían realizar a favor de la dignidad de la vida de las poblaciones más empobrecidas en nuestro país.

A raíz de la terrible situación que causó la muerte de diez personas, incluido el pequeño Jimmy que apareció días después en el lago de Amatitlán, la Conred informó que existen 8,200 puntos de riesgo en nuestro país, con 200 mil personas ubicadas en esos puntos. En la capital existen 297 asentamientos.

Esto no es cualquier cosa. Constituyen números de alarma por la enorme vulnerabilidad que representan. Es muchísima la gente que está en puntos de riesgo y que en cualquier momento pueden sufrir tragedias como la de Santa Isabel II, en Villa Nueva, o la de El Cambray 2. El riesgo en el que tienen que vivir miles de guatemaltecos y guatemaltecas debería ser más motivo de atención que nuestros símbolos patrios, o nuestros personajes históricos, o las celebraciones de estos días.

Ponerle atención a estos dramas humanos y completamente reales es muchísimo más urgente e importante que cualquier otro tema que pueda ocuparnos en este mes, mal llamado “el mes cívico”.

Sin embargo, se trata de que el Estado, mediante políticas públicas que debe implementar el gobierno, empiece a prevenir de manera integral. Necesitamos ver más seriedad, consistencia y profundidad en las visiones, decisiones y procesos que se llevan a cabo frente a esta vulnerabilidad tan angustiante. Todo se ha reducido a respuestas locales o puntuales después de ocurridas las tragedias, pero no vemos, por ningún lado, políticas y estrategias contra la vulnerabilidad de las poblaciones más pobres, esas que desesperadamente buscan vivir en lugares inhabitables.

Se argumenta casi siempre que les informa a las personas de los peligros en determinados lugares, o se hacen declaraciones sobre inhabitabilidad. Pero la desesperación por los altos alquileres, el deseo natural de contar con una vivienda propia, la necesidad de estar en lugares cercanos al trabajo, los engaños de determinados proyectos habitacionales, lo carísimo de comprar, etcétera, son más potentes que esas advertencias. Existe, es innegable, una responsabilidad específica de quienes arriesgan a sus familias a vivir en lugares así, porque las tragedias ya son tantas que no pueden ignorarse.

No obstante, también existe una amplísima responsabilidad en un Estado que no provee condiciones para la vivienda digna, o que no es suficientemente capaz de impedir esos asentamientos de alta vulnerabilidad.

Un niño que iba a vestirse de bombero en las celebraciones de Independencia de estos días, no va a estar allí. Es una víctima más de la impresionante negación de la dignidad y los derechos humanos en nuestro país. En él se expresa la aniquilación violenta de sueños. Y eso debe causarnos mucho dolor, pero también la indignación de que esas tragedias siempre ocurren en la geografía de los pobres.

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