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La paciencia con los hijos

Jorge Isaac Bautista Lara

La hermana Glenda es una religiosa que canta “Si conocieras cuánto te amo”. En la letra dice: “Si conocieras cómo te amo, dejarías de vivir sin amor. Si conocieras cómo te amo, dejarías de mendigar cualquier amor. Si conocieras cómo te amo… serías más feliz”. Esto que se canta con un sentido religioso tiene igual calzadura entre nosotros y nuestros hijos, que en muchos casos no les hacemos sentir y vivir ese vínculo de vida de amor.

Lo frecuente es descargar sobre los hijos el estrés del día. Sin reparar ni distinguir las cortas edades que poseen. Cuando hablamos de paciencia, no a la manera de  Margaret Thatcher quien, en la búsqueda de objetivos políticos, decía: “Soy extraordinariamente paciente, con tal de que al final me salga con la mía”.  Ni tampoco hablamos de la paciencia de espera pasiva, inactiva, ni de la permisibilidad de todo lo que haga un hijo; gentil tolerancia. Es paciencia dinámica y activa; como permanencia y persistencia para con las metas de la educación. Es paciencia de amor comprometido y de construcción. La paciencia como virtud; es unión de las palabras paz y ciencia. Y claramente en los hijos, no se construye ni se esperan resultados de un día para otro.

Necesitan de nosotros, a como nosotros necesitamos de ellos. Es paciencia con empatía en su futuro; con visión en la sociedad a la que les tocará vivir. Comprendiendo que “La paciencia es un árbol de raíz amarga pero de frutos muy dulces”. Hemos de tener, en los hijos, la capacidad de advertir persistentemente daños o consecuencias de algunos actos. Para F. Dolto “Tres segundos bastan a un hombre para ser progenitor. Ser padre es algo muy distinto. En rigor solo hay padres adoptivos. Todo padre verdadero ha de adoptar a su hijo”. Al nacer nuestros hijos, nos corresponde construir los vínculos. Así, “El genio puede concebir, pero la labor paciente debe consumar”. Acostumbrarnos a abrazar cada vez que el comportamiento sea el adecuado, y lograr una comunicación más fácil. En las escrituras se dice: “Mejor que el fuerte es el paciente, y el que sabe dominarse vale más que el que conquista una ciudad”.

Nuestras conductas determinarán las conductas de nuestros hijos. Y nuestro actuar dejará huellas imborrables: nuestra presencia o nuestra ausencia; el expresar cariño o la aplicación de violencia. La misma indiferencia marca. Un padre que maltrata y golpea, generará odio. Porque las emociones en los niños y jóvenes son más intensas; así, su enojo es para matar. Sembramos rencores, vacíos, desamparos y un terreno fértil a malos pasos o suicidios. Pues al sentir que se mueren en el día a día por nuestro mal trato, prefieren liquidarse. Y estaremos cultivando la posibilidad de repetir esa generación de odio en sus propias relaciones, al no lograr realizar un balance en la vida, ni controlar sus emociones, acostumbrándose a descargar contra otros. Cuando llegamos al enojo solo quedan dos puertas: golpear y gritar, o la más difícil que es reconocer nuestra rabia y pensar; abriendo en ese momento una puerta superior de entendimiento y compresión entre nuestros hijos y nosotros. A veces perdemos de vista que en el fondo nuestros hijos son gran parte de la razón de nuestras vidas y de nuestra felicidad. (Esta columna fue publicada el 24 de agosto en www.elnuevodiario.com.ni).

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