Home > Columnas > El escritor y la despedida

Escribir es una actividad humana que requiere de diversas habilidades y que implica una grave responsabilidad para el escritor, puesto que influirá de una manera u otra en algún lector, por escaso o pobre que sea el contenido del escrito.

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En determinadas circunstancias políticas o existenciales, los contenidos que escribe el autor, también serán influenciados por su entorno, y esto le agregará emociones, sentimientos y razonamientos al escrito, con lo cual podría contribuir a la percepción generalizada que la sociedad tenga de su propio momento histórico.

En algún momento, el escritor y ciudadano también es presa de la complejidad social y económica en la que se encuentra la realidad que intenta describir y termina complejizándose tanto que se vuelve ilegible, intrascendente, al no lograr decodificar para otros, sus lectores, los momenta que para la mayoría pasan como pasan los chubascos de agosto.

El escritor, quien vive de los que lo leen o de quienes lo publican, se encuentra sometido a fuerzas espectaculares que están más allá de su voluntad. Puede dejarse llevar por unos o por otros, o bien renunciar a todos ellos, y en su más íntima honestidad sobrellevar el vacío del despropósito y continuar escribiendo. Es decir, la codependencia entre el lector y el escritor llevada con toda la responsabilidad y formalismo, también se deriva de las decisiones que solo competen al escritor. Como el poeta Roberto Monzón lo dijo: “Porque si no escribo están muertos/ y muerto lo demás y todo el mundo/ a costa de mi silencio”.

El escritor se despide muchas veces. En los puntos y seguido de la oración o idea. En los puntos y aparte de las ideas y sus consecuencias. En los puntos finales de los temas que ya hay que abandonar como los amores prohibidos y las guerras.  Estas son despedidas que se dan solo una vez. Que ya no vuelven más porque no se repite el contexto, ni el entorno, ni las condiciones personales. Muchas veces se despide como el final de una poesía o un cuento, para que me cuenten otro. Y otras veces se despide sin hacerlo, porque simplemente ya no regresa al papel y al lápiz.

Porque en el arte de escribir, la despedida es algo fundamental. Como cerrar una página en mayúsculas. O dejar sembrada la duda de otro desenlace no escrito. Debe saberse cuándo terminar y dejar la última frase como una despedida breve, aunque sea para siempre.

Ya veo venir el fin de un ciclo. De una brillante y efímera primavera que se quedó en el Estado naciente, en la promesa de un futuro común sin los lastres del pasado. De este presente más parecido al pasado solo que con tecnología. El regreso del fascismo disfrazado de novia y no de jaguar justiciero.  La secuela de la comunicación goebbeliana  al servicio del terror con saco de yute. Qué bajo hemos caído. El escritor, entonces, puede dar un paso a un lado y decir adiós y ¡al diablo!

Despedirse, es un arte más del escritor y en cualquier lugar hallará un muro para embellecerlo con una palabra.

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