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El derecho a la educación

Hasta hoy no se ha logrado entender a cabalidad que la educación es un derecho humano y debe ser la espina dorsal que guíe a nuestro país, tal y como lo indica la Constitución de la República en el artículo 74, en el cual menciona que “los habitantes tienen derecho a recibir educación inicial, preprimaria y básica”, destacándose la obligatoriedad del Estado para garantizar no solo el derecho, sino el acceso a la educación a sus habitantes sin discriminación de ningún tipo, de manera gratuita y obligatoria, con una cobertura con calidad, pertinencia y equidad, en sus diversas modalidades y niveles educativos.

Significa que la sociedad guatemalteca percibe como tendencias orientadoras de la educación, la formación de ciudadanos para la democracia, la formación de una fuerza laboral competente para jugar un rol competitivo en la producción y la participación ciudadana en su conjunto, pero fundamentalmente la educación en valores que sustenten la identidad cultural y la construcción de la paz, que potencien el desarrollo integral de la persona y la familia en una relación armónica con la naturaleza.

Este es el marco ideal de lo que significa el derecho a la educación; obviamente la realidad en la cual vivimos es más compleja y dramática. Un claro ejemplo es el que se refiere al financiamiento. Por ejemplo, mientras en Costa Rica se invierten cuatro mil dólares por estudiante, en Guatemala es apenas de quinientos. Esta diferencia nos coloca en una condición vergonzosa. Por otro lado, casi el 80% de jóvenes que estudian el nivel de secundaria lo hacen en colegios privados, particularmente en un país que tiene la población juvenil más grande que cualquier país centroamericano.

Solo este hecho coloca a los jóvenes en vulnerabilidad, dado que unos se incorporan al crimen organizado, otros migran a Estados Unidos y otros sobreviven en el subempleo. Paralelo a esto, los alumnos de educación primaria reciben, en su mayoría, clases en aulas derruidas, sin condiciones higiénicas, ni mucho menos con canchas deportivas. Se agrega el dato de que hasta hoy no hemos sido capaces de poner en marcha comedores escolares como lo hacen otros países para paliar el hambre y la desnutrición infantil.

Está claro que hablamos de problemas estructurales que no han sido atendidos a fondo desde tiempos inmemoriales, porque la inversión en educación en nuestro país aún no es de verdad un derecho ciudadano. Habrá que entender que si en serio anhelamos salir de la miseria material, espiritual y mental, la educación es el  camino que nos puede sacar de esta condición en la cual estamos  sinceramente paralizados.

Ciertamente hay miles de problemas, y todos urgentes. Pero la urgencia mayor son la comida, la salud y la educación. Si no resolvemos lo básico corremos el riesgo no solo de ser un Estado y sociedad fallidos, sino que nos tocará viajar en el último vagón del tren de la humanidad. Las cabezas inteligentes deben  lograr  acuerdos sustantivos  para que todas las fuerzas sociales se orienten por esta línea de acción. El Estado tiene su rol, pero cada uno de nosotros como ciudadanía activa debemos comprometernos para lograr que nuestra sociedad no se rompa en mil pedazos.

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