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Por: Adelaida Loukota

Hay cuentos a los que uno llega por una hermosa casualidad, por uno de esos azares del destino que hacen que uno esté en el lugar justo, en el momento preciso. Yo llegué a Roy Spivey mientras iba en el carro oyendo un podcast de la sección de narrativa breve de The New yorker. David Sedaris se disponía a leer este cuento de Miranda July cuando dijo que en su vida había una diferencia entre el antes y el después de leerlo; después de escucharlo, yo creo que en mi vida también existe esa diferencia.

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Miranda July nos da pocos detalles de su protagonista; conocemos tan pocas cosas de ella que ni siquiera nos enteramos de su nombre. Sabemos, eso sí, que es insegura, que dos veces en la vida se sentó al lado de un famoso en un avión, que es alta y, a pesar de ello, vulnerable. “En realidad no es pequeño, pero todos somos niños mientras dormimos. Por esta razón, siempre dejo que los hombres me vean dormida desde el principio de nuestra relación. Les hace darse cuenta de que, aunque mido 1.80, soy frágil y necesito que me cuiden. Un hombre que puede percibir la debilidad de un gigante sabe que es, en efecto, un hombre. Pronto, las mujeres pequeñas lo hacen sentir casi amanerado y, he aquí, ahora le gustan las mujeres altas”.

La autora nos da un detalle más. A mitad de la narración nos habla de las dificultades que tiene esta mujer para vivir, por plantearlo de alguna manera. Puede quedarse detenida a mitad de su sala durante horas, sin reunir las fuerzas necesarias para el siguiente movimiento, hasta que se encuentra con Roy Spivey, el actor que encarna a un espía en el cine, y él le da ese número que le sirve de talismán. “Y entonces recordé el número. Lo saqué de mi bolsillo. Lo había escrito encima de una foto de cortinas rosadas. Estaban hechas de una tela diseñada originalmente para los transbordadores espaciales; cambiaban de densidad en reacción a las fluctuaciones de la luz y el calor. Vocalicé en silencio todos los números y entonces dije el último en voz alta. ‘Cuatro’. Me pareció arriesgado e ilícito. Grité: ¡CUATRO! Y caminé con facilidad hacia la habitación. Me puse el camisón, me lavé los dientes y me fui a la cama. En el transcurso de mi vida he usado ese número muchas veces”.

Quizá lo que más me gusta del cuento son todas esas preguntas que no contesta; saber que incluso el poder del cuatro es limitado o que los protagonistas pueden parecerse a nosotros y nosotros a ellos.

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