Home > Columnas > Síndrome del colmoyote

Carmelo se levanta como siempre, con la cabeza puesta en el trabajo y en que lo que este le rinde no le alcanza, tiene la sensación de estar alimentando más bocas de las que ama. Josefa camina a la parada de bus con la sonrisa de su hija reforzándole positivamente las ideas, aunque sepa que por mucho que limpie y barra lo que recibirá a duras penas los mantendrá con la panza tranquila. Al Igual que José, oficinista; Gloria, locataria; Annelise, locutora; Raymundo, taxista; Joel,  emprendedor; María, secretaria; Yolanda, maestra; Carlos, periodista; “el” Bryan, lustrador; Elpidio, María José, Andrés, Wosbelí, Ricky, Fabiola, Benji, y muchos, pero muchos en Guatemala que sienten están dando de comer a larvas que han sido depositadas dentro de ellos sin que se dieran cuenta.  No hay descanso, luego de haberse alimentado vorazmente y cuando han tomado todo lo que necesitan para surgir a la vida, inmediatamente les inoculan otra.

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Estamos llenos de colmoyotes por todo el cuerpo, todos los días, durante los siglos de los siglos, y hasta pareciera que al final decimos “amén”. No basta con sacarse el gusano para que no se siga alimentando de nuestro cuerpo, o darnos cuenta a tiempo y evitar que nos preñen con su antivida; es necesario perseguir a la mosca que produce la cadena que nos deja como alimento de su heredad, como sangre a ser cosechada.

No se crea que las moscas que buscan incubadoras humanas para sus gusanos hijos son todas de la misma estirpe: las hay canches, siniestras, educadas, violentas, reaccionarias, rojas, inveteradas, libertarias y hasta revolucionarias. Políticas, privadas, sindicalistas, directores de medios, pastores de iglesia y chupacirios. No se crea tampoco que nunca se sienten las vueltas del bicho haciéndonos cavernas bajo la piel, a veces hasta ofrecemos el vientre para que tengan un lugar caliente y nutrido dónde desarrollarse.

Habrá que cuidarnos de no ser hatos que palpitan al ritmo de los que gustan de lo pútrido para florecer, larva tras larva. Trabajar y entregarse por completo sin ni siquiera sentir un ápice de progreso y al contrario incubar en nuestra propia carne el atraso, eso se llama el síndrome del colmoyote.

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