Home > Columnas > La caja del reloj de cuerda

El presidente Jimmy Morales es el personaje con menos poder en el país. Colocado en esa posición por un grupo remanente del núcleo contrainsurgente de la inteligencia militar, que se quedó rezagado de los grandes negocios del Estado, pero que vio su oportunidad de oro al caer Otto Pérez Molina y otros militares que se encuentran procesados por crímenes de lesa humanidad, en su conjunto representan la estructura más extendida del crimen organizado y cuyos días están contados, sea porque les alcance la mano de seda del Ministerio Publico o porque, simplemente no les toca porque hubo un cambio generacional en la burocracia del continente.

Las causas de esta perversa movilidad tienen su origen en las necesidades de recomponer las alianzas y los controles de la seguridad nacional de los EE. UU. Un cambio en la comunidad forjada al calor de la guerra contrasubversiva en los años 60, para reemplazar la política de las zanahorias del welfare state por el garrote liso y llano. En el salto cuántico de la imagen, hoy la bondadosa sonrisa del moreno presidente gringo se refleja en la política de buena vecindad, de la prosperidad y de un nuevo orden de control social en el Triángulo Norte. Ya no pueden ser aliados los pistoleros que se enriquecen con las redes del crimen y mantienen el estatus de estos a costa de una imagen desastrosa.

El país con la economía más grande en Centroamérica es a la vez el más pobre, el más desigual, el más atrasado en materia social y en el desarrollo institucional. Tenemos la peor cobertura en salud, educación e infraestructura social y productiva del Istmo. La élite dirigente más cavernaria y voraz. Incapaz, absolutamente de ceder un céntimo de su posición de privilegio, adquirido por medio de la exacción del Estado. También contamos con el peor sistema político, absolutamente cooptado por los grupos de mafias, corporaciones y crimen organizado.

Con las asonadas cívicas del año pasado y los sucesivos golpes que la justicia ha propinado a los puntos neurálgicos de esas estructuras, los recambios se asoman a la vista, aunque el momento no aconseja sacar mucho la cabeza. De algún lugar surgen ideas que pegan con intereses corporativos “limpios”, ciudadanos probos: ni políticos ni corruptos, comunidad internacional y sectores civiles vigilantes de la probidad y la buena conducta, en una alianza, también opaca, que busca ser ese buen aliado de la política estadounidense.

Estas ideas han promovido e impulsado reformas, transformaciones institucionales y personajes que empiezan a ser arropados socialmente y queridos como faros del cambio que viene, pero que no representan el fin de esta etapa. Puede ser la salida del actual presidente o la caída de su “juntita”. Puede ser el colapso del Congreso o un nuevo golpe de mano del MP y la CICIG. El tiempo se agota. El plan general de recambio exige dar muestras de ser eso. Hasta hoy, solamente hay una integración simbólica de un nuevo Estado, pero sin que eso sea una realidad concreta.

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