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Una semana después del cierre de Filgua, otro evento cultural esencial ocurre en el país. Así, por duodécimo año consecutivo, se celebra el Festival Internacional de Poesía de Quetzaltenango, evento organizado por Metáfora y la paciencia y apostolado de Marvin García. Se dice fácil, pero organizar un evento de esa magnitud, con escasos recursos, resulta no solo elogioso sino un verdadero milagro de la imaginación poética. Si no, que lo digan los poetas que vienen de República Dominicana, Honduras, Cuba, Japón, España, México, El Salvador, Uruguay, Costa Rica, Colombia, Palestina y Guatemala.

Que decenas de poetas se reúnan en Xelajú y pueblos aledaños es un destello alrededor de la cultura, la memoria y la permanente fluctuación de las cosas. Una mirada del yo multiplicado, en el eterno ejercicio de inventarios de la realidad, porque en los versos es donde los humanos podemos encontrar el sentido de nuestra existencia. Por ello, la palabra es, según el gran poeta Yves Bonnefoy, “el acercamiento más directo con la verdad de la vida”.

Hombres y mujeres provocarán que muchos se vuelvan conversos de la literatura. A su vez, desde su mirada será posible encontrar las coordenadas que orientan el laberinto de este hoy difuso, fragmentario, lleno de realidades virtuales que se esfuman al instante. Los poetas ayudan a vincularnos de manera sostenida con la realidad e inventan la propia para devolvernos lo que el caos disgrega. En otras palabras, desempolvan un mundo ido, agotado por las novedades y las prisas de los humanos. Ayudan a reencontrarnos con ciertas virtudes comunes y elementales, con la alegría, el valor de la curiosidad y la esperanza.

Pero, también, son los que hacen las preguntas éticas, los que nos advierten del horror y los daños de la transgresión. Son, además, esos “raros” que nos hablan de las devastaciones humanas y su inacabada consistencia. Transitan por el duro camino de la palabra, acompañados de sus ángeles y demonios y amores contrariados; arrastran con orgullo su laicismo poético y la búsqueda de paraísos perdidos. Son como las palabras de García Lorca sobre Neruda, los poetas “están más cerca de la sangre que de la tinta”.

Sin duda, este festival es el más importante de Centroamérica, y la densidad de esos saberes debe ser apoyado por el Estado. Su mejor virtud está en abrirnos a mundos llenos de ríos, soledades, pájaros, sueños, utopías, miserias; cada poeta abona en suelo fértil: protegernos de la intemperie, de la historia, de las zozobras. Sin afán de gloria o de fama, dedican una vida a contarnos de la fragilidad y desde su mirada, a realizar el inventario de la claridad.

Como sea, bienvenidos los poetas y la poesía, ese artilugio que nos blinda ante la “novedad de hoy y ruina de pasado mañana”, diría Octavio Paz. Días de luz, de generosidad y de múltiples cartografías literarias, a la vera de las horas donde muchos se hundirán en la garganta del infinito arte de mirar. Jaime Sabines lo dijo mejor: “La poesía ocurre / como un accidente, / un atropello, / un enamoramiento; / ocurre diariamente/ a solas, / cuando el corazón del hombre / se pone a pensar en la vida.

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