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Trastornados por el celular

Una reciente publicación se refería a una moderna enfermedad que tiene como síntoma el estar consultando exageradamente el celular, “sufrir” cuando lo olvidó o se queda sin batería y que puede llevar a sensaciones como congoja, inquietud, mal humor e incluso dificultad en concentrarse en otros trabajos en que no le era necesario… Es una enfermedad que se llama nomofobia, palabra que se deriva del término inglés no-mobile-phone-phobia: miedo a no tener el celular: algo necesario por el actual ritmo de vida y por su interacción con otros dispositivos.

Es éste un tema que, aunque comienza en la intimidad familiar, puede ser decisivo en configurar una entera sociedad. Estamos en una generación -jóvenes y no tan jóvenes- que algunos llaman de los IMers, del instant messaging (IM), que hace su vida social en la red y el celular. Cosas útiles e incluso necesarias, pero que pueden mantenernos fuera del contacto humano, haciendo que las relaciones familiares sean por e-mail o se reduzcan al celular. Y quedaríamos entonces en una relación necesariamente superficial.

Porque aunque a veces se comenta que los jóvenes necesitan estar siempre conectados, la realidad es que muchos mayores también necesitan estar online… hasta cuatro horas más que los jóvenes. A todos afecta. Estudios médicos detectan patologías de adicción tecnológica, incluida la tendencia a aislarse y el síndrome de abstinencia, y cuando están privados de contactos de celular o de Internet pueden tener reacciones enfermizas de ansiedad.

Y relativo a este último punto, en las consultas de psicología se ve cada vez más este ‘fenómeno’, donde tratan matrimonios con dificultades en las relaciones, incluso con riesgo de  ruptura. Alguien comentaba que hace unos años se registraban el bolso o la cartera; ahora se registran los mails.

Y en la misma línea (recojo del blog familia-actual), se comentó en su momento que algunos responsabilizaban al whatsapp de haber causado múltiples separaciones matrimoniales en todo el mundo. Y culpaba a dos de las funciones de esta aplicación: la que indica que el mensaje ha llegado al receptor (aunque no lo haya leído), y la vista de la hora exacta de la última conexión. Estas dos opciones pueden generar un clima de desconfianza, al ver que el otro se ha conectado después de que uno le envió un mensaje y no “ha querido” contestar, cuando en realidad puede ser que simplemente no lo haya leído.

Investigaciones de psicólogos sobre la comunicación de actitudes y sentimientos llevan a la conclusión de que la comunicación digital cuenta solamente un 7%, mientras que la comunicación analógica, es decir la voz (38%) y la expresividad (55%), el resto. Especialmente en la transmisión de sentimientos, la intensidad, el volumen, el tono, el ritmo y la velocidad de la voz, así como los gestos, la mirada y las posturas, son mucho más decisivos que lo que se dice.

Concretamente la comunicación digital hay que utilizarla para lo que sirve: para dar recados y poco más, y no pedirle que sustituya a una conversación personal.

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