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La fragmentariedad del presente

En menos de un año, lo que conocíamos como sistema político quedó en ruinas. El mismo que arrancó en 1985 está desacreditado, sin rumbo y acorralado por sus propias miserias. Lo hecho por la Cicig y el MP solo confirmó lo que se venía denunciando desde la academia, la prensa y en corrillos políticos. En pocas palabras, la corrupción e impunidad campeaban sin que ninguna institución la frenara. El costo, por supuesto, significó el debilitamiento del Estado y el aumento de la marginalidad de millones de ciudadanos.

Demasiada retórica y cinismo cimentó la pérdida de la paciencia. Ese agotamiento, sin mayor lógica, se rehacía conforme cambiaban los gobiernos. Es decir, el sistema poseía una enorme capacidad de rehacerse, a la deriva, pero con una capacidad de reunir lo que se disgregaba y desmoronaba al final de cada período gubernamental.

La ecuación Estado=sociedad civil + sociedad política caducó y el cara o cruz de los partidos políticos, por ahora, agoniza en la semántica del simulacro. Por ello, el guion y los actores dejaron su ambigüedad para certificar su defunción política. Llegados a una estridencia sin retorno, las supersticiones ideológicas resultan inútiles para documentar nuestro fracaso histórico. Además, como sociedad seguimos carentes de una verdad continuada. La narrativa de nuestro tiempo pasaba por la simulación y la negación de un pasado trágico.

En ese sentido, Huizinga sostiene que “la historia es la forma espiritual en que una cultura rinde cuentas del pasado”. He ahí el meollo del asunto. País fundado sobre la lógica de la obediencia, base de sus recurrentes crisis, aún vivimos un terrible dilema que fragmenta todo lo que toca a su paso: los cambios que la derecha no pudo evitar y la izquierda no logró alcanzar. Y para solventar ese limbo nos cayó encima la hibridación política, madre, sin duda, de lo que experimentamos las últimas tres décadas.

Y esa hibridación a la medida facilitó esa especie de batidora de huevos conceptual que dio origen a un neoanarquismo de derecha tropical y adoptó algunas de las terminologías de la izquierda con una lectura manualera del liberalismo económico. Allí, pues, las raíces de la fragmentariedad social, política y discursiva del presente. Por ello, frente al discurrir de imágenes de crímenes sin mediación crítica, normalizamos lo “anormal”.

Si a la disfuncionalidad de la política agregamos la social, el panorama es desolador. La violencia, las extorsiones, la trata, las miles de adolescentes embarazadas, la violencia intrafamiliar, el desempleo, la marginalidad apocalíptica, entre otras calamidades, son las marcas de identidad de un Estado sin rumbo, agobiado por doquier y donde lo poco que hay, funciona mal o está en el total abandono.

Quizá sería oportuno escribir un libro colectivo que se titule Anatomía de una ilusión. O repetir los versos de José Emilio Pacheco: “Con piedras de las ruinas, hay que forjar /otra ciudad, otro país, otra vida”. Y esas ruinas sean el material para construir otra vida, sin ideas parroquiales, sin abusos, sin dolor. De lo contrario, este presente bien puede ser en las palabras de Juan Rulfo: “Ahora solo es un pañuelo con orillas de llorar”.

El sistema poseía una enorme capacidad de rehacerse, a la deriva, pero con una capacidad de reunir lo que se disgregaba y desmoronaba al final de cada período gubernamental.

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