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La enfermedad del militarismo

Lo de Pavón solo es una muestra. Terrible, fea, inhumana, pero una muestra del militarismo que padece nuestra sociedad. Hablo de una enfermedad que afecta no solo a los uniformados sino también a la inmensa población civil. Como decía un amigo, “solo basta rascar un poquito para que detrás de todo civil encontremos un militar en potencia”.

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El militarismo es una enfermedad que se manifiesta en la necesidad absurda de resolver los grandes problemas mediante las armas, la violencia o la agresión en cualesquiera de sus manifestaciones. Implica el abuso desde la ofensa verbal, desde la amenaza, desde el amedrentamiento, como formas de sojuzgar a quien no piensa, actúa o siente igual. Por eso no sorprende que la inmensa mayoría de conflictos en nuestro país se persiga resolver mediante las amenazas o las acciones concretas que pretenden aniquilar físicamente a los otros, o mediante la criminalización que se convierte en un abuso de lo judicial para resolver los problemas. O mediante la descalificación y el terrorismo en todas sus formas.

La institución militar es la más repudiable en nuestra comunidad, porque tiene muchas deudas de vida con esta sociedad y no ha pedido perdón, tampoco ha asumido responsabilidades. Al contrario, muchos de sus nuevos representantes levantan la voz en contra de expresiones y liderazgos antagónicos. No se vale que en un tiempo usaron las armas para acallar a los contrarios y que ahora empleen el abuso, la ofensa y la palabra irrespetuosa para tratar de seguir en guerra. Y esa institución ha permeado a la sociedad a tal punto que el armamentismo en el país es escandaloso, sea en lugares como Pavón o sea en hogares o individuos civiles de cualquier ámbito.

Las jóvenes generaciones cada vez más se familiarizan con las armas, pero también cada vez más son representantes de la agresión, el abuso, la ofensa y la violencia contra otras personas. En los hogares no puede negarse, tampoco, que se intenta un modelo militarista de crianza y resolución de conflictos que se resume en obediencia-silencio-verticalismo-castigo.

El macho que se luce por su fuerza y su energía para resolver los problemas en las arenas políticas (ya sea el Congreso o cualquier otro lugar donde debe exponerse el debate de visiones e ideas), también es un reflejo del militarismo porque, aunque no lo diga abiertamente, sigue la creencia de que el más fuerte (en agresividad e insolencia) tiene que ser el que mande y los demás los que obedezcan.

Hablamos de una enfermedad, porque para nada es sano vivir bajo valores o concepciones que privilegien la obediencia ciega, la sumisión y la violencia. Recordemos que entre los valores más sagrados y colocados en la cima de lo importante se encuentra la obediencia. No importa si se trata de órdenes nada éticas o dañinas para la vida en su integridad. En el militarismo es más importante ser obediente que ser humano en toda la plenitud. Importa más el cumplimiento de los deseos y visiones de quien manda que la construcción colectiva de la vida y del conocimiento.

Esta enfermedad la tenemos instalada en todas partes y en todos los rincones de nuestra realidad. Se trata, por ello, de encontrar una visión educativa que privilegie el diálogo, el respeto a la diversidad, la fuerza de los débiles, el aporte de los callados, el valor del disenso, la aportación de los insumisos, etcétera.

Si amamos la vida en toda su expresión, el militarismo no es una opción para nada y para nadie.

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