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Chanán se equivoca (capítulo 4)

Ring

La información que Enio le había proporcionado al comisario en el hospital era muy precisa. Cada detalle estaba anotado debidamente en los partes de la Policía. Sin embargo, en el expediente del juicio destacaban otros datos. Durante casi 45 minutos los revisaron.

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Riiiiiiiiiing

Todos en la oficina dejaron lo que estaban haciendo. Julia asintió. El comisario Pérez Chanán tomó el teléfono. Su mano temblaba más de lo normal. Su corazón latía más de lo normal, sudaba más de lo normal. Se podría decir que era un conjunto de nervios. Apretó el botón, pero tras hacerlo, gritó un “mierda” con toda su alma. Maldijo el momento en que había apachado el botón rojo para rechazar la llamada. Ninguno dijo nada. Todo quedó en silencio hasta que Fabio expresó: “no se preocupe mi comisario, ya volverá a llamar, no lo dude”. Wenceslao estuvo a punto de lanzar el teléfono contra la pared, cuando de inmediato volvió a sonar:

Riiiiiiiiiiiiiiing

El silencio volvió a reinar entre todos. Julia asintió para confirmarle que la conexión para rastrearla empezaba a funcionar desde el momento que atendiera la llamada. Luego, la propia Julia le hizo una señal, como si ella fuera un árbitro de beisbol y le explicara que había quedado quieto con ambas manos, con lo que le indicaba que se calmara y contestara serenamente. Y así lo hizo el comisario.

—Bueno.

—Así me gusta. Que estés bien sedita y respetuoso conmigo, gordo pisado. Ya sé que has tomado tus precauciones, que ya tenés investigados a los blancos, los cuales, espero, en unas horas estarán muertos. No te vayás a equivocar porque de vos depende que algunas personas continúen con vida o no. Patrullas por aquí, patrullas por allá, así se hace, pero no te olvidés, te quedan menos de cinco horas para que matés a esos hijosdelagranputa.

Tuuuuuuuuuut-
Tuuuuuuuuuuuuuuuuut-
Tuuuuuuuuut

Julia volteó a ver a su jefe con una cara compungida que le anunciaba que no había alcanzado el tiempo para rastrear la ubicación de la llamada. La oficina del comisario quedó en total silencio, en una tensa calma, como le llaman los periodistas. El comisario lanzó el teléfono contra su escritorio, se levantó abruptamente, llamó a Fabio para que bajaran los tres pisos y salieran lo más pronto posible de allí. Wenceslao se sirvió otra taza de ponche a la que agregó Predilecto. Se la tragó en menos de un segundo. Empezó a caminar al mismo tiempo que en su dedo gordo del pie el ácido úrico aumentó su nivel.

Una fuerte punzada lo hizo estremecerse y casi perder el paso. Los tamales de los convivios, el Predilecto, los manís garapiñados y la tensión por la que atravesaba, disparaban inmediatamente la gota. Hurgó en busca de una pastilla para el dolor, la masticó y comenzó a bajar las gradas  esperando que, paso a paso, el dolor bajara. Estaba completamente seguro de que tras bajar los tres pisos, el dolor disminuiría.

Fabio lo siguió. Ambos salieron del Palacio de la Policía y se dirigieron hacia el Parque Enrique Gómez Carrillo. Escogieron un par de bancas frontales y se sentaron. El comisario casi que se desvaneció. Sonrió, pues supo que se había equivocado, ya que el dolor en su pie, en lugar de disminuir, se había incrementado considerablemente.

Los peatones corrían hacia las tiendas. Algunas ya cerraban y vendían lo “último de su mercadería” con rebajas y descuentos oportunos. Varios corrían por la Sexta Avenida con bolsas de regalos, bien abrigados y en busca de algún taxi o autobús colectivo.

—Fabio. Nunca nos habíamos enfrentado a un caso como este. Quiero decirle algo y espero no equivocarme, como usualmente me está pasando este día. No cabe duda que la voz que llama conoce perfectamente nuestros movimientos. Considero que para obtener la información que nos reveló por teléfono, debe ser alguien muy cercano a nosotros. Lo cual no quiero creer, pero es evidente que maneja información de primera mano. Se me ocurre que revisemos otra vez a esos tres presos como para ver qué relación tienen con nosotros, con Gobernación, Ministerio Público, no sé, algún juez, debemos revisar el caso, pero estamos contra el tiempo y estamos solamente usted y yo.

El comisario tuvo que cortar las palabas que dirigía secretamente a Fabio, pues un hombre con apariencia de pordiosero se aproximó a ellos. Caminaba despacio y evidentemente iba a pedirles dinero, un cigarro o un trago de alcohol. Cuando Wenceslao buscó dentro de su bolsa algún billete, el mendigo, que no era tal, le expresó entre balbuceando y arrastrando las palabras:

—También puede contar conmigo, comisario.

—Enio. Usted qué hace aquí, debería estar hospitalizado, por el amor de…

Enio se quitó el disfraz. Les explicó que no estaba orgulloso de lo que había hecho, pero convenció a uno de los policías que lo custodiaban, que se quedara en su lugar. Se trataba de un primo suyo, originario de Gualán, precisamente del pueblo de donde era originario el comisario, quien lo apoyó tras una rápida explicación de que su participación en el caso era de vital importancia

 

Facebook: Comisario Wenceslao Pérez Chanán

Ilustración: Alejandro Azurdia

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