Home > Columnas > Leer no nos cambia la vida

En la época de vacaciones mi madre siempre reservaba algún dinero para comprarnos libros, fueran nuevos o usados, que en eso de aprovechar los recursos ella era experta. Han pasado de eso muchos octubres, y ahora los padres de familia, los enamorados y los abuelos tienen en julio la opción de comprar libros.

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Novedades, lo que se comenta en los corrillos puede ser adquirido en la ya famosa Fería Internacional del Libro, que no es una simple venta de libros, sino una fiesta de libros y lecturas. Así como las imágenes religiosas tienen su Semana Santa, y los santos patronos sus ferias, el libro, que ni es santo ni patrono, tiene varias fiestas en este julio, lo que hace pensar que poco a poco, pasito a pasito, sin que los amantes de la estulticia se den cuenta ni puedan impedirlo, los guatemaltecos van recuperando sus antiguas y viejas glorias, aquellas que decían que teníamos al príncipe de los cronistas, o que por las páginas de nuestros diarios habían publicado los mejores poetas.

Los libros son la forma más clara y diáfana de comunicación. En ellos encontramos historias, reales o falsas. Poesía, narrativa larga y corta, esa que en las librerías de mundo civilizado se clasifica como ficción y de la que en esos países se venden miles de ejemplares. En los libros también encontramos relatos de nuestra historia, de cronistas verdaderos como Díaz del Castillo, a falseadores de la realidad como Sabino. En los libros, pues, tenemos de todo, por lo que necesitamos de buen juicio y mucho entendimiento para separar la cizaña de trigo, no porque tengamos libros malos, ¡para nada! Los libros, hasta los que se venden como “autoayuda” resultan buenos, al menos para saber al terminar de leerlos que contienen una ensarta de mentiras.

Es el lector el que escoge lo que quiere leer, no porque quiera cambiar de vida, pero sí para vivirla mejor, para entenderla y entenderse. En Guatemala, lamentablemente, no hay ninguna política de apoyo a la lectura, más allá del intento que con recursos de la cooperación alemana hizo el Mineduc hace un par de años. Las bibliotecas públicas son escasas y viven casi que de regalado, y los festivales escolares de lectura brillan por su ausencia.

Las editoriales nacionales, medianas y pequeñas, con mucho esfuerzo y grandes deudas han ido logrando incorporar sus catálogos en los gustos de los lectores. F&G, Pensativo, Magna Terra, Piedra Santa y Catafixia son algunas de ellas, compartiendo esfuerzo con la Editorial Universitaria (Usac) y Editorial Cultura (Ministerio de Cultura), quienes arañando recursos en sus entidades logran año con año producir literatura de la buena. Compiten en desventaja con las transnacionales del libro, quienes promueven, de vez en cuando, a los autores nacionales. Todos estos se reúnen en la FILGUA, donde los pocos libreros, esos que aman los libros, también ponen en exhibición novedades para todos los gustos e intereses.

Las ferias son fiestas, y las del libro son fiestas de autores, de lectores, de ideas y de palabras, pues el libro es el vínculo entre quien escribe y quien lee. El texto tiene multiplicidad de interpretaciones, dependiendo de la experiencia, interés y disposición que el lector tenga ante lo que el autor le presente. Por ello los libros no envejecen, porque siempre habrá un lector joven que le dé una nueva lectura al texto.

Por eso la Feria departamental del libro en Antigua es también otra fiesta. Aquí no están los grandes nombres, ni las grandes editoriales. Están los libreros que durante más de 20 años levantan sus tinglados y ponen en exhibición sus palabras. Porque los libros son palabras escritas, y ahí el lector encuentra libros de antes, libros ya leídos por otros, libros que resultan joyas a los ojos de quien las procura. La palabra impresa es una mercancía que nunca pierde su valor, aunque por momentos cambie de precio.

Tal vez por eso César Brañas está en todos lados. Escaso, con su Zarzamoras (1957), casi inencontrable. Revivivo y reeditado, en su Viento Negro, novedad de la Editorial Universitaria para esta Filgua, fresco y desconocido en Las guarias de febrero, que reeditado en 2000, de vez en cuando aparece en alguna mesa de la Feria departamental de Antigua.

Los libros son la forma más clara y diáfana de comunicación. En ellos encontramos historias, reales o falsas…  La palabra impresa es una mercancía que nunca pierde su valor.

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