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Trece muertos y la autoridad desaparecida

El Sistema Penitenciario de Guatemala está colapsado. En sus instalaciones, la población reclusa supera el triple de la capacidad para la que fueron construidas las prisiones. No hay una sola cárcel que no haya sobrepasado el número de internos para el que fue diseñada. Incluso las más recientes, aquellas a las que se les ha llamado VIP ya están sobrepobladas.

Tal situación nos da la idea de cuán grande es el problema del país con la delincuencia. Y eso que aún no llega el tsunami anunciado por el Ministerio Público (MP) y la Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala (Cicig). Desde que estas entidades han entrado en acción constante y efectiva, la situación carcelaria ha empeorado. Por un lado bien, porque se tiene la certeza de que los criminales están recibiendo su merecido bajo el imperio de la ley. Por otro, ha servido para darnos cuenta cuán cundidos estamos de delincuentes de todo tipo, pues los hay desde los más comunes, hasta los más increíbles de cuello blanco.

Los amotinamientos no son nuevos. Los ha habido siempre y con resultados lamentables por la pérdida de vidas humanas que quizás pudieron recuperar sus principios morales y reinsertarse a la sociedad como personas de bien.

Pero el de ayer, nos dice mucho más que todo lo que hemos ya expuesto. Nos confirma que las autoridades penitenciarias no sirven absolutamente para nada. Nos demuestran que son los reos quienes tienen el control total de la situación en las diferentes cárceles del país. Nos afirman que no podemos confiar ni en las instalaciones, ni en las requisas, ni en los guardias penitenciarios, mucho menos en las autoridades que han desfilado por esa entidad, incluidas las actuales.

Es inaudito pensar que los reos puedan matarse entre sí haciendo uso de armas de fuego, cuando se supone que hay controles para evitar que estas ingresen y, más aún, estén en poder de la población reclusa.

Cuán podrido está el sistema penitenciario, que a Byron Lima Oliva lo ejecutan con el estallido de una granada. Ni siquiera fue con un arma hechiza punzocortante. Fue un artefacto explosivo de alto poder. Y para que no quedara duda de su eliminación, lo remataron con varios disparos en la cabeza. Luego, entre reos se agarraron a balazos y así murieron otros tantos hasta llegar a 13 la cifra oficial.

Y del señor director de presidios, ni su sombra. Quien se presentó al lugar de los hechos y dio la versión oficial fue el vocero de la entidad. Luego, la conferencia de prensa la ofreció el propio ministro Francisco Rivas, quien por cierto dejaba notar en su rostro la preocupación de lo sucedido y su impotencia ante la incapacidad de la gente a cargo de la situación. Pasadas las seis de la tarde, aún no se sabía ni quiénes fueron las víctimas mortales.

No cabe la menor duda de que algo se tiene qué hacer para recuperar el control de las cárceles, pero tiene que ser ya, antes de que peores cosas sucedan.

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