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Parece que ninguna institución se salva

Por lo general, cuando una persona viaja en calidad de turista a otro país, va con muchas expectativas y deseos de disfrutar al máximo su estadía, especialmente si le han vendido la idea de que su destino es un lugar muy bonito, seguro, económicamente aceptable y lleno de gente amable.

Eso sucede con Guatemala, a la que desde afuera se ve, independientemente de las malas noticias, precisamente como un rincón tropical donde se puede pasear, comer, descansar, aventurar y aprender.

Pero el desencanto comienza en cuanto los pasajeros abandonan el avión e ingresan al aeropuerto La Aurora, pues lo primero que ven es una terminal aérea descuidada, oscura, sucia, sin aire acondicionado ni señalización, con baños descompuestos, escasas tiendas y pocos restaurantes con precios astronómicos.

Además, si llegan casi al mismo tiempo dos o más vuelos, seguramente el proceso de salida de la terminal demorará una hora o más, pues solo hay dos fajas transportadoras de equipaje (que se descomponen con frecuencia) y dos aparatos de escáner por donde deben pasar las maletas de todos los visitantes.

Cuando por fin logran salir del edificio, los turistas son recibidos por una multitud de personas que van en busca de sus seres queridos, pero que no pudieron ingresar porque el paso para los mismos guatemaltecos está vedado.

Ni hablar del peligro que pueden correr los visitantes al abordar cualquier taxi, pues tampoco se ofrece el servicio de transporte seguro, como en cualquier aeropuerto decente.

A todo esto, vale recordar que en el 2007, por ejemplo, se gastaron más de $80 millones en la remodelación de estas instalaciones, con la promesa de que La Aurora sería el aeropuerto número 1 en Centroamérica.

Dicha expectativa resultó fallida, lo que se confirma cada seis meses, cuando el Organismo de Aviación Civil Internacional (OACI) realiza las verificaciones de rutina, solo para confirmar que se han reparado algunos desperfectos, pero han surgido otros.

Pero lo peor de todo no está ahí, sino en la reciente denuncia de la diputada Nineth Montenegro, en el sentido de que descubrió docenas de anomalías en compras y contrataciones sobrevaluadas, inadecuadas, innecesarias y hasta absurdas, realizadas especialmente durante la administración gubernamental anterior.

Es decir que La Aurora también fue un botín del que se aprovecharon desde las altas autoridades, hasta funcionarios y empleados de cualquier rango, aparte de empresarios sin escrúpulos que ganaron millones a costa del mal servicio, pésima infraestructura y peor imagen del país.

A como van las cosas, vemos que ninguna institución estatal quedó libre de la corrupción, como en este caso lo demuestra la  Dirección de Aeronáutica Civil .  Falta ver con las denuncias presentadas y cuántos más van a parar a la cárcel, como debe ser.

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