Home > Columnas > Liberalismo a la tortrix

Los principios de libertad e igualdad constituyen la base del Estado liberal moderno. En términos de John Locke, uno de los liberales más preclaros, la fuente del poder político se encuentra en la condición misma de las personas en su estado natural: “un estado de completa libertad para ordenar sus actos y para disponer de sus propiedades y de sus personas como mejor les parezca, dentro de los límites de la ley”. Pero este fundamento de las relaciones sociales se complementa con una segunda fuente que lo describe como “un estado de igualdad, dentro del cual todo poder y toda jurisdicción son recíprocos, en el que nadie es más que otro… seres de la misma especie, sin subordinación ni sometimiento”. Los planteamientos hechos por Locke en su Ensayo sobre el gobierno civil han constituido una enorme influencia en el desarrollo de la política y las democracias en Occidente.

La libertad e igualdad en la configuración de la democracia presentan efectos en las contiendas políticas, estableciendo márgenes de elección en los propósitos y propuestas del funcionamiento del Estado. Regularmente las posiciones políticas en las democracias varían en sus propuestas hacia el electorado en dos polos, respecto a las funciones que debería tener el Estado. Una posición que observa la reducción al mínimo del gobierno y su intervención es para promover los intereses individuales y de las iniciativas privadas, así como constituirse en el  árbitro entre posibles conflictos de los derechos subjetivos. Otra posición es aquella que adiciona al ejercicio de los derechos individuales una mayor participación en el ejercicio mismo del poder con la finalidad de velar por el cumplimiento de sus derechos humanos y la solidaridad con el conjunto de la sociedad. En esta última aproximación se tiene presente que el entramado legal y la propia democracia no es algo naturalmente dado sino un logro alcanzado por la vía de la convención y la autodeterminación, en donde mi participación es parte consustancial al proyecto de Estado.

Sin embargo, en Guatemala el discurso en defensa de la propiedad privada y del liberalismo también ha sido cooptado. La defensa de quienes se autodenominan “libertarios” es solo una pose de un grupo reducido que quiebra la delicada relación entre libertad y propiedad con la igualdad frente a la ley. En el país se constituyó un grupo que ha planteado diferencias y que la ley y su aplicación solo es expresión de sus intereses. Lo que se pretende es continuar con un conjunto de privilegios bajo los cuales se crea riqueza a costa de la mayoría de la población. Esto les da licencia para apropiarse de un aparato estatal débil y financiar a los partidos políticos, asegurándose así el dominio del Ejecutivo, Legislativo, Judicial, y hasta la propia Corte de Constitucionalidad. De esa manera tienen licencia para dejar de pagar impuestos, dirigir la política estatal hacia sus propios proyectos o desviar ríos. En la actualidad aún manipulan las iniciativas de ley; controlando al Congreso quieren impedir la investigación en la SAT de cuatro años atrás, ante la aprobación de la regulación del secreto bancario. Este liberalismo a la tortrix, en realidad es parte de un discurso cínico que ha limitado las aspiraciones democráticas. Los derechos individuales en Guatemala solo valen para unos pocos, quienes han arrebatado a la población el derecho básico a la vida, construyendo un sistema a todas luces de desigualdad frente a la ley y el derecho a la propiedad.

En la actualidad aún manipulan las iniciativas de ley; controlando al Congreso quieren impedir la investigación en la SAT de cuatro años atrás, ante la aprobación de la regulación del secreto bancario.

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