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Cifras engañosas, tristes y lamentables

La inseguridad sigue siendo un flagelo de la sociedad guatemalteca. Aunque cada gobierno que asume asegura que sus acciones han hecho disminuir la tasa de homicidios, la realidad parece indicar lo contrario. Y si no es tan opuesta la situación, los números por lo menos dan muestras de un estancamiento en las cifras.

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De acuerdo con el Grupo de Apoyo Mutuo (GAM), los primeros seis meses del año son para mantener viva la preocupación. En este período habrían perdido la vida, por acciones violentas, 2,713 guatemaltecos. Por simple operación aritmética y sin caer en el pesimismo extremo, uno podría atreverse a decir que para fin de año la cantidad se duplicará. Eso sin contar que faltan meses como diciembre, en los que los hechos de violencia se incrementan normalmente.

Todos los días, los guatemaltecos, en casi todo el territorio nacional, somos testigos fieles de los continuos homicidios que se cometen a diario. Las estadísticas nos aseguran que de 2008 a la fecha, la tasa de estos crímenes ha disminuido de 46 a 33 por cada 100 mil habitantes, una numeralia que se pone en tela de juicio si se toma en cuenta que la cifra diaria de muertos no ha caído, siguen siendo alrededor de 15 víctimas mortales cada día.

Si la lógica nos guía bien, nos atreveríamos a asegurar que el fenómeno más bien ha estado favorecido por el incremento poblacional. Y es que si la operación geométrica se aplica mecánicamente y solo se cambian las variables, la constante será 15 homicidios diarios, pero la población siempre se incrementa y solo de esa forma puede explicarse que esté bajando la tasa que se hace pública.

Que nos disculpen las autoridades encargadas de la seguridad ciudadana, pero las cuentas no salen si queremos hablar de que la violencia ha mermado. Los resultados de la operación matemática no necesariamente reflejan la realidad, pues la variable poblacional juega un papel favorable para suponer una disminución aparente.

Pero más allá de si baja o suben las cifras, lo cierto es que existen y que son vidas humanas las que están en juego. Por ello es imperante que las autoridades pongan las barbas en remojo y apliquen las medidas que consideren necesarias, oportunas y eficientes para terminar con esta matanza que sigue enlutando a las familias guatemaltecas.

Las disposiciones urgen y más en aquellos sitios que, como Escuintla, El Progreso y Guatemala, reflejan los números más alarmantes, convirtiéndolos en los departamentos más peligrosos de todo el territorio nacional. Por supuesto, que ello no implica desatención en el resto de localidades, pues tampoco es que la violencia sea inexistente en ellas. Y una vez controlada la situación, que esperamos no lleve más tiempo y dolor, se asuman acciones preventivas para que la paz sea verdaderamente firme y duradera.

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