Home > Columnas > Una ciudad imaginaria

Gracias a los oficios del escritor colombiano Héctor Peña Díaz conocí a Carol Zardetto. Conversamos los tres en una casa hotel de Avenida La Reforma. Por esos años, Peña Díaz hablaba con gran entusiasmo de Con pasión absoluta. Había leído el original y afirmaba que era una gran novela. No puse en duda sus juicios, particularmente viniendo de un colombiano, tan dados a la gramática y poseedores de saberes amplios y profundos. Con los años, Zardetto ganó el Premio Mario Monteforte Toledo con ese texto.

Algo similar me sucedió el año pasado. Carol me dio el original de La ciudad de los minotauros, novela que recientemente editó Alfaguara. La trama ocurre en Nueva York, pero se vertebra desde Guatemala. De algún modo, esta es una novela global. “Nueva  York es benevolente”, escribe Zardetto, y desde allí, desde esa atmósfera  multicultural, nos muestra la complejidad y riqueza de la humanidad. Jalonada por una conmovedora historia de desamor, el personaje principal, Felipe Martínez, descubre en esa ciudad quién es, búsqueda paradigmática en medio de un mundo marcado por las migraciones.

“Nueva York… es la gran meretriz que abre los apetitos”, reza una de las líneas escritas en la cuarta de forros. Y el gran acierto de esta novela está en su halo cosmopolita. Las descripciones de la ciudad encantan, porque van de la sofisticación a lo kitsch. Todo puesto ahí: comidas, sueños, costumbres, memoria, dolor, desarraigos. Así, a ella llegaron los pobres de Calabria, la hambruna de Irlanda y los pogromos de Rusia. Sin duda, también ha llegado el hambre de los migrantes guatemaltecos.

En medio de esa polifonía cultural, surge un hermosísimo personaje, El contador de historias, Shas K´ow, un hombre ixil, destinado a guardar la esencia cultural de su pueblo. Es más, Zardetto lo homologa con el Howl de Ginsberg, es decir, destruir la legitimidad del sistema de explotación. En otras palabras, el racismo como el candado para que la relación con “el otro” no fluya y estemos marcados por tensiones e injusticias.

Laberíntica, esta es una mirada “desde el afuera” para descifrar “el adentro”, lo más hondo de nuestra identidad, pero a su vez, una infinita reflexión sobre la globalidad, el significado de lo contemporáneo y lo polisémicas que pueden resultar las relaciones amorosas. Como sea, Zardetto va de Tristán Tzara, Marcel Duchamp, Georges Braque y Henri Matisse como antesala a una historia mayor, la de Shas K´ow, pero a su vez, la de Toni Lacrosse, el clásico enredo de un amor contrariado.

Novela acrisolada por donde se lea, además, contiene una suerte de pies de página escritos en primera persona que no arruinan la deliciosa narración. Dice Felipe Martínez: “Siempre se sentía avasallado por la misma pesadilla: que la vida saliera por la puerta trasera, sin dejar algo que atestiguara sobre mi existencia. Plasmar lo mejor de mí… hasta ahora nunca había sabido cómo”. Sin duda, Zardetto sí supo cómo escribir esta novela. La prueba de ello son 300 páginas, donde aprendemos que, a pesar de la enmarañada existencia, esta sí puede ser benevolente.

El gran acierto de esta novela está en su halo cosmopolita. Las descripciones de la ciudad encantan, porque van de la sofisticación a lo kitsch.

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