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Como apunté la semana pasada, el XXVI Salón de Arte 2016, se caracterizó por un ambiente excepcionalmente festivo.  Y no es que la seriedad quedara de lado porque a lo primero iba sumado el profesionalismo comprometido con las artes, la educación y el máximo respeto a sus productores.  Un evento, insisto, singular y espero que repetible.  Respecto al concurso hay que resaltar que las únicas obras que se descalificaron, a pesar de que lo cabildeamos a conciencia, fueron las que no cumplían con los requisitos solicitados en la convocatoria.  Sin embargo, dejamos consignado en el acta de premiación que en todo el conjunto se encontró la comunicación de sentimientos, búsquedas y encuentros, identidades individuales y compartidas, además de elementos plásticos y estéticos que les otorgan un valor contundente como hecho artístico.  En otras palabras, no fue un ejercicio de juzgar si no de evaluar a partir de lo que había.

De las 150 y unas pinturas participantes quedaron 80 cuadros que se intentó exhibir en su totalidad.  Sin embargo, y por más grande que fuera el espacio, esto fue imposible.  Los pintores que no alcanzaron a ver exhibida su creación pueden tener la seguridad que las mismas no fueron rechazadas en la justa.  Simplemente no hubo modo de incluirlas en el guion museográfico sin afectar el recorrido científico.  Por lo tanto, no hay que desanimarse; hay que seguir intentándolo.  La valoración se basó, entonces, en ejes temáticos como son las expresiones mágico-surrealistas neotropicales, las reflexiones socioculturales del yo en función del otro, y en torno a la pintura per se con la materia como eje de creación… a partir de este amplio instrumental es que llegamos a las piezas premiadas.

Aparte de los reconocimientos concedidos a cinco pintores repartidos en  tres menciones honoríficas, los primeros lugares se le otorgaron en orden ascendente a Juliana Fuenzalida, Samuel Ordóñez y Enoc vega.  Este último con un óvalo que ilustró mi columna la semana pasada, Diosa catracha, cuyos méritos incluyen una iconografía fresca, delicada, profunda y conmovedora, enalteciendo la idea del origen y la visión de una comunión entre seres vivos como centro de un equilibrio universal.  Con estas palabras cierro este homenaje a la pintura contemporánea de Honduras y a mis compañeros de terna.

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