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Muerte a los más débiles

Me llamó la atención el planteamiento de que la crispación que se aprecia en nuestras sociedades sigue a la institucionalización de la muerte para los más débiles. Y afirmaban que para cualquier mente en su sano juicio debería ser inconcebible destruir una vida, sobre todo de un inocente. Y no se refería al reciente rechazo a la pena de muerte; es otro tema.

Lo conectaba con el aborto; y aunque señalaba que no se puede exponer un diagnóstico completo y riguroso en pocas líneas, formulaba una tesis: la raíz profunda de la desmoralización que sufrimos en la sociedad está en el desprecio de la vida humana, manifestado en prácticas como el aborto o la eutanasia. La aceptación social y legal del aborto, primero, y de la eutanasia, después, constituye una especie de Big Bang social.

El planteamiento viene de España (temasynoticias.com, marzo2016), pero es de utilidad mundial. Porque se ve que allí, al margen de la reciente crisis causada por los refugiados, y de que en Europa están mejor que nunca según los indicadores del bienestar social, sin embargo, las encuestas reflejan descontento e inseguridad. No es extraño. Si una sociedad juzga tolerable, si da por bueno que eliminar el embrión en el seno materno o acabar con el ya nacido cuya vida no reúne la calidad deseable −en los Países Bajos ya se permite la eutanasia infantil−, las demás infracciones acabarán pareciendo desviaciones sin importancia. Y entonces nos parecerá normal evadir impuestos, pagar o cobrar comisiones, prevaricar, mentir o robar al electorado, a los accionistas, al cónyuge, a los clientes o proveedores. Una vez que se atropella el derecho a la vida, los demás derechos, básicos aunque secundarios y derivados, quedan disponibles; y cualquier argumento justificará su vulneración. En términos del derecho penal, si se permite el delito grave, no tiene sentido prohibir la falta leve.

Hace un tiempo, durante una famosa intervención en un congreso médico en Chile, el doctor Alejandro Navas denunció que “el aborto es hoy la primera causa de muerte en el mundo” y la principal manifestación de pobreza de la sociedad actual. Es por ello que hoy se habla del llamado invierno demográfico en Europa, afirmó.

El aborto empobrece el Estado de derecho, es decir, la seguridad y la paz que el Estado se compromete a resguardar. El aborto equivale a la muerte del Estado de derecho, ya que impone la violencia y el homicidio, determinando que el niño en el vientre materno, el ser más débil de la sociedad, sea eliminado.

Porque la vida humana ya en su fase inicial en todas sus fases y todas las edades, es sagrada y siempre de calidad. Y esto se ve claramente por la razón y lo confirma la ciencia. La credibilidad de un sistema sanitario no es medida solo por la eficiencia, sino, sobre todo, para la atención y el respeto hacia las personas, cuya vida siempre es  inviolable. No se puede exterminar a personas con el aborto provocado.

Lamentablemente –por ignorar estas verdades– a veces parece crecer el aborto… no podemos permitirlo.

Una vez que se atropella el derecho a la vida, los demás derechos, básicos aunque secundarios y derivados, quedan disponibles; y cualquier argumento justificará su vulneración.

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