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Los caminos de los hombres y las aves

Hola: Antes de empezar con la primera columna de la serie Comelibros, quiero explicar de qué se tratará este proyecto. Me llamo Adelaida Loukota Estrada, alguna vez trabajé en una librería que estaba sobre la Reforma en la 14 calle de la zona 10 y durante diez años dirigí discusiones de clubes de lectura en una biblioteca. Amo los libros, y ahora que ya no me pagan por leer, lo que más extraño es dedicarle tiempo a hablar de lecturas, así que este espacio estará consagrado a presentar mis ideas sobre libros y lo que pensé al leerlos, más que a escribir reseñas o críticas literarias.

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El primer libro del que hablaré será El mundo como flor y como invento, de Mario Payeras, porque marcó una época de mi vida. Es el texto que seleccioné para mi tesis cuando terminé la Licenciatura en Letras en la Usac, algunas de sus ideas me acompañan todos los días y ese me parece un buen criterio para saber si un libro es bueno. Los lectores recordamos aquellos libros que dejaron una huella profunda en nuestra forma de ver la vida, esos a los que recurrimos cuando queremos explicar algo.

Así, cuando camino al trabajo y veo algún pájaro volando comprendo que nuestros caminos no se cruzarán de nuevo, porque La vida de un pájaro no siempre es suficiente para coincidir dos veces con los circunstanciales itinerarios del mismo hombre. Idea que me produce cierta nostalgia, porque es definitiva y por las pocas posibilidades que tendría yo de reconocer a un zanate específico si me lo topara otro día en un parque o en la terraza de la oficina. Admito que también le he dedicado algún tiempo a imaginar hacia dónde irá después esa ave, cuál será su invisible ruta de navegación.

En los nueve relatos que conforman el libro hay temas que el narrador aborda reiteradamente, imágenes con las cuales nos explica que el tiempo no es más que otro invento del hombre y que la naturaleza no sigue nuestros itinerarios, que tomará posesión de todo lo que el hombre olvide o abandone. Sin embargo, también nos regala personajes maravillosos como el guacamayo cuya sabiduría se redujo a la certeza de que la materia está llena de pájaros y de que estos tienen caminos innumerables. De ahí las infinitas posibilidades de olvido. O un maestro músico que se dio cuenta de que en el orden y en la sucesión de la música hay mucho de las costumbres de los números; que la música es una matemática de los sentimientos y que para expresar el movimiento de las  cosas en el espíritu se hacen necesarios números que fluyan.

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