Home > Columnas > Una carpa de circo

La reciente declaración final del Foro de Sao Paulo en San Salvador, tiene una relevancia extraordinaria para nuestro país. En ella, todos los partidos de corte marxista de América Latina expresaron su rechazo a la Cicig en Guatemala y a su réplica en el continente; todos, a excepción de los partidos de izquierda guatemaltecos.
Los argumentos de la declaración se basan en la instrumentalización de un aparato como la Cicig por parte del Departamento de Estado -el imperio, le llaman ellos-, para intervenir en los asuntos internos de los países. Los delegados guatemaltecos argumentaron que la lucha contra la corrupción hace necesaria la presencia de Iván Velásquez y su Cicig, pero su verdadera razón para apoyarla, es otra muy distinta.

En casi todo el Cono Sur -y ahora en El Salvador- los partidos de extrema izquierda han logrado llegar al poder por la vía democrática, mientras que aquí cada cuatro años se aplastan la nariz contra el muro insalvable que les impone el pueblo en las urnas, lo que los obliga a buscar una ruta alterna apalancándose en la Cicig; una simbiosis que sin duda está funcionando. Prueba de ello es la constante aparición pública del comisionado Iván Velásquez junto a conspicuos miembros de la extrema izquierda, algunos de ellos señalados por las autoridades como responsables de graves hechos de violencia, además de notorios intermediarios en millonarios y corruptos resarcimientos; todos ellos profesionales en el fino arte de la victimización. En un foro realizado la semana pasada por esos personajes, el comisionado llegó al extremo de afirmar que “Los defensores de derechos humanos están en la primera fila de la construcción de la democracia”. Todos sabemos qué clase de personas son quienes dicen defender los derechos humanos, y hemos leído y escuchado cómo muchos de ellos consideran al gobierno de Maduro en Venezuela, un ejemplo de la democracia que quieren para Guatemala.

Lo anterior, unido al tremendo error del presidente Jimmy Morales de dar marcha atrás en su decisión de sacar de nuevo el desfile del Día del Ejército a las calles, creó un caldo de cultivo sumamente peligroso para el país. Morales antes era rechazado por la minúscula izquierda, pero con su decisión, no solo conserva el rechazo de ese minoritario sector, pero ahora también se ganó el desprecio del enorme bloque de la población que apoya al Ejército, y que ve en el presidente a otro gobernante torpe y sin carácter. Es importante resaltar que en medio  del recio debate de dos días con respecto a la parada militar, la institución armada salió fortalecida.

La Cicig tiene que mantener su necesaria lucha contra la corrupción, pero debe hacerlo alejada de cualquier grupo político, y más aún, debe cesar en su evidente agresión contra el sector productivo, que ya provocó una seria desaceleración en la economía, y rechazar la idea de propiciar la caída del gobierno, así este sea tan consistente como una desvencijada carpa de circo.

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