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XXVI Salón Nacional de Arte

Entre los días 22 y 25 de junio tuve el honor de presenciar una fiesta artística, desarrollada en San Pedro Sula, en la hermana república de Honduras. Fui invitado, por intermedio del Instituto Guatemalteco Americano, para ser jurado en un certamen de arte patrocinado desde hace 26 años por el Centro Cultural Sanpedrano.  Una convocatoria particular por estar marcada por el entusiasmo, las ganas de participar, la inclusión y la total ausencia de la pose. Acción, esta última, que le otorgó una frescura natural a todo el ejercicio.

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¿Qué me impresionó tanto? Primero, la calidez de los organizadores quienes parecieran accionar desde la premisa del sí se puede. El respeto que manifiestan por los artistas, no importando si estos son emergentes o no, es ejemplar. En definitiva, la estructura de las acciones que desembocaron en la premiación fue conformada por una cadena de gestiones profesionales que no pueden dejar dudas del compromiso que este colectivo tiene para con su gente.

La directora ejecutiva, Francia Quintana, dejó claro que la visión de invitar curadores extranjeros es parte de una alianza estratégica que tiene como finalidad promover el arte y la cultura de nuestros pueblos. De ahí, intuyo, la selección de Mayra Barraza de El Salvador, Fernando Goldoni de Costa Rica y mi persona, por Guatemala.  Un cuarto mosquetero nos echó la mano incondicional Kelsey David, un muchacho serio como pocos cuyos talentos, en el campo de la administración y la cultura, nos llevó por un camino en el que no encontramos ningún obstáculo. A él se suma el carácter matizado de Karen Antúnez.

En cuanto a nosotros, como jueces, estuvimos abiertos a todas las posibilidades.  Encontramos que la colección en general comunicaba sentimientos, búsquedas, encuentros, identidades individuales y compartidas, además de elementos plásticos y estéticos que le otorgan al conjunto un valor contundente como hecho artístico. Barraza y Goldoni me ayudaron, con su conocimiento y madurez absolutos, a mirar más allá de lo obvio lo que cada pintor quería decir. Todos los cuadros narraban su propia trama sin la necesidad de la parafernalia, creada por los curadores poseros, que necesitan justificar una visión que muchas veces no se sostiene sin un retorcido texto aclaratorio. Yo, por mi parte, quedé invitado a regresar a San Pedro Sula.

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