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La crisis y el libro independiente

A pocos días de la inauguración de Filgua 2016, una discusión se impone alrededor del mundo del libro en Guatemala. Su escasa difusión, graves problemas de distribución, la ausencia de una política de Estado en relación con la industria editorial, son apenas una breve enumeración de las dificultades y desafíos del sector . En los últimos veinte años, de hecho, desde la firma de la paz, para ser más precisos, un grupo de editores independientes se lanzó a construir un riquísimo catálogo que no solo recuperó a los escritores consagrados, sino abrió camino a unas tres generaciones que llegaron para quedarse.

De esa cuenta, autores como Miguel Ángel Asturias, Mario Monteforte Toledo, Luis Cardoza y Aragón, Augusto Monterroso, César Brañas, Luis de Lión, Marco Antonio Flores, Carlos Illescas, Francisco Morales Santos, Luis Alfredo Arango,  José María López Valdizón, Otto René Castillo, Roberto Obregón, Manuel Galich, Francisco Méndez, Manuel José Arce, Carlos Navarrete, Isabel de los Ángeles Ruano, Ana María Rodas, Julio Fausto Aguilera, Enrique Noriega, Francisco Pérez de Antón, Carlos López Barrios, Margarita Carrera, Luz Méndez de la Vega y Mario Roberto Morales, entre otros, se volvieron frecuentes en los catálogos de las editoriales nacionales. A ello se suman los escritores surgidos entre 1980 y 1995, como Víctor Muñoz, Adolfo Méndez Vides, Humberto Ak´abal, Franz Galich, Rodrigo Rey Rosa, JL Perdomo Orellana, Dante Liano; la lista es interminable.

Además, surgen nuevos autores con una obra sólida y de largo aliento; caben destacar, Eduardo Halfon, Francisco Alejandro Méndez, Javier Payeras, Maurice Echeverría, Julio Serrano, Leonel Juracán, Luis Méndez Salinas, Paolo Guinea, Denisse Phé-Funchal, Carolina Escobar Sarti, Arnoldo Gálvez Suárez, Gloria Hernández y una larguísima lista que convertiría esta nota es un inventario interminable de talento, pasión y rigor por la literatura guatemalteca.

La historia del libro en Guatemala es de larga data. Hará unos 400 años fuimos de los primeros países en el continente en montar una imprenta. Sin embargo, es obvio que no existe ningún estímulo para los esfuerzos editoriales. En las últimas dos décadas han surgido F&G editores, Letra Negra (ahora Índole editores), Editorial Cultura (del Ministerio de Cultura y Deportes), Magna Terra, Catafixia, la novísima Metáfora (en Quetzaltenango). En conjunto atesoran el más variado registro de literatura guatemalteca. Es más, en los últimos ocho años, el Estado —a través de licitación del Mineduc— realizó compras millonarias por medio de financiamientos del BID y el BCIE, y ninguna de las editoras mencionadas fue tomada en cuenta para la adquisición de sus títulos.

En 1989 se publicó la Ley del Fomento del Libro. En la misma se reconoce a estos como bienes espirituales de la nación. También reconoce que “la finalidad del Estado es crear un sistema de apoyo a las editoriales” y establece el Consejo Nacional del Libro (artículo 3). En el artículo 4, inciso f, habla de asegurar una oferta variada y en el inciso g, de la promoción de bibliotecas. Nada de lo cual se ha cumplido hasta la fecha.

Lo que sí ha sido rentable es el negocio  del libro de texto, ya sea de producción local o por importación. Entre 2006 y 2010 las importaciones ascendieron a casi 200 millones de dólares —según el Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe (Cerlac-Unesco), para 2012, Guatemala era el segundo importador de libros en Centroamérica.

Con unos 32 mil centros educativos y unos 129 mil maestros, no existen políticas públicas sobre los libros, la lectura, la escritura y el fomento de nuevas biblotecas. Por otra parte, las editoriales padecen doble o triple tributación. Es decir, pagan impuestos por producirlos, por venderlos y distribuirlos. No existe una oficina de fomento y de facilitación de crédito barato para el sector independiente editorial, a pesar de que ha sido el que más le ha apostado a la publicación de novela, cuento, poesía, ensayo, biografía y literatura infantil.

De acuerdo con datos de Raúl Figueroa Sarti, entre 2003 y 2007 (antes de la crisis económica global), los títulos registrados con el ISBN crecieron más de 300%. Como lo señala el Observatorio Cultura y Economía, existen dos datos cuantitativos para dar cuenta del volumen de producción de libros de un país: los nuevos títulos y las reediciones. En ese rubro, las editorales independientes por mucho, llevan la delantera en su apuesta por libros orientados a la idea de leer por placer —que es la base de toda formación humanística.

Con datos de 2012, Guatemala registró 991 títulos con ISBN, contra los 2,321 de Costa Rica ese mismo año. Por supuesto, la brecha es mayúscula si vemos la producción de Colombia en 2012: 30 millones de ejemplares. Más apabullante resultan los números de México en 2013: libros producidos por el sector privado, 145 millones de ejemplares, 43 de los cuales fueron adquiridos por el gobierno, agréguese a ello, que el sector público editó 195 millones.

Guatemala, El Salvador, Nicaragua y Honduras registran todos menos de 10 títulos por cada cien mil habitantes. Argentina, por ejemplo, 67.3. Aún no están disponibles las cifras sobre lo publicado en 2015, pero con toda seguridad estamos muy lejos de los 27,751 títulos publicados en México en 2014, los 75,942 de Brasil, los 109,554 de España.

El abismo es enorme. Ante ese panorama solo queda batallar por un Sistema Nacional de Creadores, una Ley de Fomento a la Industria Editorial Independiente. Asimismo, exenciones fiscales, subsidios para la adquisición masiva de libros para las escuelas públicas. Como sea, la crisis de 2015 no solo ha golpeado a los editores independientes, clausura la idea de futuro. Dejar que los libros mueran es resignarse a que el país pierda su hondura, su alma, lo mejor de sí.

“La crisis de 2015 no solo ha golpeado a los editores independientes; clausura la idea de futuro”.

“Dejar que los libros mueran es resignarse a que el país pierda su hondura, su alma, lo mejor de sí”.

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