Home > Columnas > La cola del alacrán

La salida del Reino Unido de la Unión Europea y el triunfo electoral del Partido Popular en España, demuestran el peso del miedo y del conservadurismo en el mundo civilizado. Algo parecido nos espera en Estados Unidos en donde las posturas más retrógradas ya tienen asegurada la cabeza ganadora entre los partidos Demócrata y Republicano. El peor escenario sería el triunfo de Donald Trump pero tampoco habrá gloria si llega doña Hillary.

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La crisis económica mundial, que para los grandes capitales significa que no están ganando lo que proyectaron en determinado momento de su desarrollo, aprieta al resto del mundo con políticas nacionalistas, xenófobas y proteccionistas. En resumen conservadurismo y política de terror para hacernos obedientes.

Ese mismo conservadurismo, a la tortrix, nos hace ser como somos: mojigatos, cachurecos y mitómanos. Reaccionamos ante la corrupción galopante de las instituciones del Estado con un alarido de supuesta sorpresa e indignación, como que la Cicig la hubiera descubierto hasta ahora. Se nos olvida, principalmente a los medios de comunicación, cuánto fomentaron en su momento el voto por los peores, celebrando su victoria electoral con una nota de cobro en millones. Se nos olvidan las denuncias que se hicieron de las alianzas macabras del partido naranja y  del actual partido oficial porque a alguien le conviene. La corrupción se ha impregnado en ese conservadurismo que nos arropa, desde colarnos en la fila, hasta darle mordida al juez y al policía. En nuestro fuero interno hay un mojigato que grita contra el corrupto y un corrupto que sueña el hueso con carne de la administración pública o el esplendor de la narconovela.

El conservadurismo nos hizo reaccionar con ira hacia los depredadores para pedir su cabeza en una pica en las puertas de la ciudad. Hoy, llamados xenófobos a favor de los “pobres acusados” que tal vez son injustamente señalados por un “arrogante extranjero” quien solo buscaba como trofeo, la cabeza de un expresidente y de su amada exvicepresidente. Esa mojigatería que nos hace pensar que si se acaba el latrocinio y los privilegios especiales en la administración pública; que si derivado de esta coyuntura, la modernidad del Estado nos exigirá ser buenos contribuyentes y fieles cumplidores de la ley, tal vez ya no queramos esos cambios porque la costumbre es la ley que nos conviene.

El conservadurismo es un alacrán que se clava el aguijón a sí mismo. Inglaterra, con su brexit hizo perdedizos 300 mil millones de dólares en las bolsas de valores. El voto Trump-Clinton seguirá expulsando la mano de obra que más beneficios les deja. En España echan por la borda una oportunidad por miedo y en Guatemala, los que quieren que la vida permanezca en la quietud de la corruptela y la impunidad piensan sacrificar a las dos instituciones que dignifican al país y despejan una ruta al desarrollo. De izquierda o de derecha, los conservadores son opositores de la justicia y el cambio.

La corrupción se ha impregnado en ese conservadurismo que nos arropa, desde colarnos en la fila, hasta darle mordida al juez y al policía.

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