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Hacia una sociedad de lectores*

Saber leer y la práctica de la lectura definen el acceso al conocimiento en nuestra época, afirma Roger Chartier, el prominente historiador del libro.

El libro y la lectura deben su existencia a la invención del lenguaje escrito, un evento que los estudiosos Christopher Woods y Gil J. Stein indican que ocurrió por vez primera hace unos 5 mil años en la antigua ciudad de Uruk, localizada en lo que hoy es Irak. En fechas posteriores, según estos especialistas, el lenguaje escrito tuvo orígenes independientes en Egipto, China y en el mundo maya de Mesoamérica. Es la primera verdadera tecnología de la información y constituyó una verdadera revolución.

Con el lenguaje escrito apareció el libro después de un largo proceso evolutivo que pasó del rollo al códice y del códice al libro, explica Chartier. Entre el códice y el libro, afirma, no hay diferencia, excepto por las técnicas de producción introducidas por la imprenta, inventada por Johannes Gutenberg a mediados del siglo XV.

“De los diversos instrumentos del hombre”, apunta Jorge Luis Borges, “el más asombroso es, sin duda, el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo. El microscopio, el telescopio son extensiones de su vista; el teléfono es extensión de la voz; luego tenemos el arado y la espada, extensiones de su brazo. Pero el libro es otra cosa: el libro es una extensión de la memoria y de la imaginación”.

El lenguaje escrito y el libro, señala Stein, trajeron la necesidad del alfabetismo, definido por él “como la maravillosa capacidad de utilizar la invención de la escritura”.

Junto con el alfabetismo y el libro evolucionó también la lectura. Sin embargo, esta evolución de la palabra escrita y de la lectura quedaría restringida, continúa Chartier, a los monasterios, a las universidades que comenzaban a aparecer y a las aristocracias laicas.

El mundo del libro, de la alfabetización y de la lectura se mueve bajo fuerzas contradictorias. Por un lado, indica Alberto Manguel, está la curiosidad, ese elemento de la conducta humana que Aristóteles define como el hecho “de que todos los hombres tienen por naturaleza el deseo de saber”.

Por otro lado, señala Chartier, el apoyo al libro, a la alfabetización y a la lectura encontró un freno en la prevención religiosa respecto al carácter insano de la curiosidad, representado por la serpiente que induce a Eva a comer el fruto prohibido.

La elaboración de cánones, de listas de libros prohibidos, y la resistencia a expandir la alfabetización aparecen en la historia del libro y de la lectura de manera prominente.

El primer esfuerzo masivo por alfabetizar, leer y enfrentarse al libro, junto al desarrollo de sistemas educativos masivos, se registró en algunas partes de Europa hacia finales del siglo XVI como consecuencia del movimiento de reforma religiosa, que exigía la lectura directa de la Biblia. El resultado fue un aumento sustancial de lectores.

El segundo empuje masivo de la alfabetización, de la escolarización, de los libros y de la lectura, nos informan Oded Galor y Omer Moav, tuvo lugar entre el siglo XIX y comienzos del XX en Países Bajos, Inglaterra, Alemania y los países del norte de Europa y provino del creciente vínculo entre economía y conocimiento en esos países, al mismo tiempo que se concretaba la transformación cultural provocada por la Ilustración y su lema kantiano: “Atrévete a saber”.

La Feria Internacional del Libro en Guatemala (Filgua) XIII es un evento de la mayor importancia, pues ayuda a la creación de un entorno favorable a la alfabetización, a la lectura, al libro y al mundo de los lectores en Guatemala para acceder al conocimiento y a los saberes indispensables en la etapa contemporánea.

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