Home > Columnas > Enredados en su telaraña

Dicen que la mentira dura, mientras la verdad florece. Este es un refrán popular basado en un razonamiento lógico infalible y aplicable en todo caso.

Finalmente, Otto Pérez Molina y Roxana Baldetti se plantaron frente al juez de Mayor Riesgo B, Miguel Ángel Gálvez, para prestar su primera declaración en el caso Cooptación del Estado, en el séptimo día de la audiencia.

Se supone que en este tipo de diligencia, los señalados se dedican a defenderse. Lo que procede es, entonces, la presentación de argumentos que destruyan las sindicaciones de la parte acusadora, en este caso el Ministerio Público (MP) y la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala (Cicig).

Sin embargo, poco o nada de eso sucedió. Tanto Pérez Molina como Baldetti se dedicaron al ataque contra Juan Carlos Monzón, colaborador eficaz en este caso específico, así como contra los jefes del MP y la Cicig, Thelma Aldana e Iván Velásquez, respectivamente.

De defensa, nada. De argumentos, nada. Ambos se dedicaron a protagonizar una perorata que, al final, lejos de ayudarlos en el proceso penal me parece que termina abonando a una posible condena. Y es que a cualquier juez, aquí y en la China, lo que le interesa son los argumentos y no historias de victimización. Menos aún cuando estas no hacen sino confirmar los hechos por los que los vinculados enfrentan el proceso.

Decir en abril de 2015, a su retorno de Corea, que Juan Carlos Monzón era un fiel fundador del Partido Patriota y ahora contradecirse en ese exacto mismo argumento, no puede ser para Baldetti algo saludable jurídicamente. Reconocer que sabía que Monzón cometía ilícitos, porque ya se lo habían denunciado otros y no haberlo despedido de inmediato, tampoco le ayuda y más bien le perjudica, pues estaría aceptando haber cometido omisión de denuncia y, de alguna forma, complicidad. Afirmar que todas las propiedades que ahora le extinguen fueron compradas antes, incluso, de haber sido diputada, cuando su contador recién había dado todos los detalles de cómo y cuándo se ejecutaron las adquisiciones, tampoco fue nada provechoso para declararse inocente. Incluso negar que quiera matar a la fiscal Aldana, cuando nadie ha dicho que sea ella.

Y Pérez Molina, con cara de víctima, poco pudo hacer para explicar por qué debe considerársele fácil. Reconoció, por ejemplo, la existencia del famoso helicóptero que le compraron en una coperacha, pero niega haberlo recibido. De ahí en adelante se dedicó a decir que Monzón es un mitómano y que debe ser llevado ante un psiquiatra. Incluso recomendó que Iván Velásquez visite a un psicólogo. Pero de dar razones que diluyan los argumentos que lo inculpan, nada. Pérez Molina se dedicó a atacar a los acusadores, con la obvia idea de desprestigiarlos, pero de defenderse, nada.

Se puede pensar cualquier cosa. Una, que su estrategia pueda ser la adecuada, pero lo positivo se verá con el tiempo. Y la otra, que comparto, que no tienen cómo defenderse y buscan entonces vengarse de sus acusadores, lanzándoles cualquier tipo de inculpación e improperio.

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