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Licda. Claudia Massis de Colindres

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Catedrática Universitaria y Relacionista Pública

La literatura y las caricaturas los han tildado de malvados, perversos y hasta odiosos. Pero no todos los padrastros y madrastras merecen el calificativo de ser los viles del cuento. Hay excepciones que merecen ser la portada de una revista, por sus cualidades y valor de aceptar un reto del que muchos huyen.

Seamos realistas. Llegar a querer y aceptar a hijos ajenos no es nada fácil, en especial si estos ya están creciditos y vienen con su botiquín incorporado, por todas las heridas que debieron curarse.

Esta travesía es como ingresar en un terreno minado, en donde la prudencia, de la mano con un amor sincero, hará las veces de chalecos salvavidas para sobrevivir y lograr una de las hazañas más nobles que un ser humano puede realizar: dejar entrar en su corazón a hijos que no son suyos, y además sentirlos como propios.

Es de esperar que al inicio la nueva pareja cause temor e incertidumbre, en especial porque la familia puede estar atravesando duelos -físicos y emocionales-, y se encuentren sensibles.

La batalla del poder y el tener se torna una constante. Con esto se afirma que los hijos de la nueva pareja no siempre están preparados para aprobar estas relaciones, y pueden ser los causantes de que esto se venga abajo.

En esto, la edad y la madurez lo dicen todo. Si los vástagos son pequeños o adultos, incluso con vidas hechas, la aceptación al nuevo miembro se facilita. Mientras que el joven, debido a la cambiante etapa que atraviesa, se siente amenazado de perder su espacio y privilegios, entre ellos el amor recibido.

Esos “intrusos” jamás  van a sustituir al padre o la madre biológicos. La lucha de dominios o espacios  aquí no tiene cabida, porque los hijos conservarán la imagen y recuerdo de su progenitor, independientemente de cómo fue o es su relación con este.

Ganarse la empatía requiere de tres armas básicas: respeto, cariño genuino y no entrometerse en sus vidas. La indicada para corregir o hacer cambios será la pareja, por medio de quien se canalice todo.

Por lo que resta decir: Un aplauso para esos hombres o mujeres que aceptan hijos de otros, aprenden a amarlos y los ven como propios.

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