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Nuestros estudiantes son todos

Hace pocos días celebramos el Día del Maestro (y de la Maestra). Qué mejor manera de celebrar con fuerza y profundidad ese día que colocando en el sitio más importante a nuestros estudiantes. Saber que ejercemos esta bendita función por, pero principalmente, para ellos y ellas.

En nuestros estudiantes descubrimos la vocación más auténtica. En ellos llegamos a comprender si esa llamada es verdadera, es fuerte y nos mueve para el resto de nuestra vida. Son nuestros estudiantes el motivo, el motor, el sentido y el horizonte hacia el cual nos movemos.

Por eso, más que los compromisos y responsabilidades institucionales, más que los sectarismos, más que la adhesión a postulados oficiosos, más que las confabulaciones con colegas, nuestro proyecto de vida, que da sentido a la tarea docente, se encuentra ligado de manera permanente y apasionada a la búsqueda de las transformaciones, del desarrollo integral, del ejercicio de la dignidad, de la vida plena de nuestros estudiantes. Ni el currículo, ni las responsabilidades administrativas, ni nuestros intereses políticos o económicos, ni siquiera las mismas autoridades, llegan a tener más importancia que asegurar las más nutritivas y enriquecedores formas de relacionarnos con ellos y ellas. Somos educadores y educadoras por nuestros estudiantes.

Asumir esta responsabilidad, cargada de afecto y respeto plenos, pero también de visiones éticas y políticas, nos lleva a sentir que nuestros estudiantes no son solo aquellos y aquellas que están con nosotros en un espacio llamado aula. Nuestros estudiantes son todos los niños, niñas y jóvenes que constituyen la población joven de nuestra sociedad, fuera o dentro del sistema escolar, incluso de nuestros países. Por eso debemos sentirnos solidarios y conectados con sus penas como con sus anhelos y sus luchas.

Fueron estudiantes nuestros -de todos los hombres y mujeres que nos sentimos educadores- los estudiantes normalistas que cada cuatro años buscaron proteger la carrera de magisterio. Los olvidados del 2012, los primeros en levantarse e intuir lo que pasaba con ese gobierno que hoy todos condenamos. La memoria colectiva ya no registra que fueron esos adolescentes y jóvenes los primeros en levantar la voz encendida contra los gobernantes presos hoy (y sus funcionarios educativos del momento). También son nuestros estudiantes los desaparecidos de Ayotzinapa, de quienes todavía no se sabe plenamente su paradero, por quienes la herida sigue abierta y viva.

También son nuestros los estudiantes de Chile, quienes desde el 2011, y con mucha fuerza recientemente, han alzado la voz contra el neoliberalismo de su sistema educativo. Su demanda es por una educación gratuita y de calidad. Verlos es inspirador, así como también nos lleva a la indignación la represión de la que siguen siendo objeto.

Nuestros estudiantes, pues, son todos. Y esto incluye con énfasis y valoración a los incómodos para los poderes y para las mentalidades conservadoras que no aceptan ni el derecho a la protesta ni el derecho a no obedecer ciegamente, aunque luego cínicamente hablen de conceptos como el del pensamiento autónomo.

Pero si verdaderamente queremos sentir que ser maestro o maestra es un camino maravilloso porque sirve para construir la vida y para hacerla más bella y más plena, debemos reconocer que las penas e infortunios de todo niño, niña o joven son también nuestros, porque ¡nuestros estudiantes son todos! Y a ellos y ellas nos debemos.

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