Home > Cultura > No es una simple amenaza

Enio era otro de sus detectives élites. Junto a Fabio formaban una dupla excepcional. El comisario no lo podía creer. El dedo gordo se le tensó y estuvo a punto de estallar como vejiga repleta de agua. Un temblor sacudió su estómago, sintió como si un rayo le hubiera impactado en la columna vertebral.

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—Detalles, Fabio.

—Comisario. Enio se encontraba tomando unas cervezas en una tienda cerca del Pulpo Zurdo. Testigos indican que un hombre encapuchado, quien se aproximó con un teléfono celular en la mano, se le acercó, sacó su arma y le disparó a quemarropa. Una ambulancia lo trasladó hacia el Hospital Roosevelt. Yo estoy llegando al punto en unos minutos. Según los bomberos que acaban de realizar el servicio, el pronóstico es reservado. ¿Quiere que vaya por usted en lugar de ir al hospital?

Wenceslao le explicó que llegaría por sus medios al hospital. Estaba a punto de entrar a su casa. Le relató con mucha rabia lo de las llamadas de amenazas. Le advirtió que el balazo contra Enio podría estar estrechamente relacionado con ellas.

El comisario llegó a su casa. Conversó con Wendy de lo sucedido a Enio. Entre ambos cargaron los regalos furtivamente. Los escondieron en el armario. Tomó su arma reglamentaria y se dirigió hacia el hospital. Durante el trayecto revisó varias veces el teléfono. La llamada había sido contundente. Era probable que el tipo continuara insistiendo. Si así fuera, debería calmarse, pues otra llamada podría implicar otro ataque.

Rinnnnnnnnnnnnnng.

El comisario observó detenidamente el aparato pero, de nuevo, en la pantalla solamente leyó: Private Number. Wenceslao tragó en seco.

Esta Nochebuena apuntaba a ser trágica y sumamente larga, sin observar a los pequeños destapar ilusionados sus regalos, las luces del árbol, el olor del tamal y los cohetillos. Uno de sus dos detectives estrella acababa de ser baleado, mientras contestaba la llamada no tenía ni la menor idea de lo que iba a salir de su boca.

—Diga.

—¿Ya viste, coche pisado? Esto apenas está comenzando. Feliz Navidad. ¿Me vas a colgar otra vez?

—¿Qué es lo que quiere?

—Así te quería escuchar. Tranquilo. Ojalá no vayás a hacer una estupidez, o la vas a pagar muy cara.

—(…)

—Oíme bien, pues, coche cerote. Vas a hacer lo que yo te diga o le vamos a pegar un plomazo a alguien más… Vos decidís.

Wenceslao trataba de reconocer en vano la forma en que acentuaba las palabras que utilizaba. Parecía que el parlamento había sido bien estudiado, pues demostraba seguridad y poca improvisación. Amenazaba tanto en singular como en plural. No cabía ninguna duda que la llamada y el ataque a Enio definitivamente estaban relacionados.

—Escuchá bien lo que te voy a decir. Hay tres detenidos en la penitenciaría de Pavón que me interesan demasiado. ¿Comprendés? Vas a ir a buscarlos. Quiero que le pegués un tiro en la cabeza a cada uno. Realmente es a uno en especial al que quiero darle aguas, así que los otros dos son nomás para el despiste. Mirá cómo putas lo hacés. Si le pagás a alguien de adentro o lo hacés vos mismo; yo qué putas sé. Ahorita te mando la lista por mensaje. Tenés seis horas. Si esos cerdos no están muertos a las doce, te va llevar la gran puta a vos, a tu familia y al chonte ese que te queda vivo. Feliz Navidad, Wenceslao. Tic tac, tic tac…

El comisario detuvo su auto de manera abrupta. Se inclinó sobre el timón como para intentar digerir lo que le estaban ordenando. Por supuesto que se trataba de una propuesta de lo más descabellada. Sabía perfectamente que él jamás cometería semejante barbaridad. Le preocupaba, sin embargo, la integridad física de Wendy, los niños, Fabio y todo su equipo en general. Recordó amenazas anteriores, especialmente cuando capturó a Rojas, el policía involucrado en el asesinato, y el descuartizamiento de su exesposa. Pero, tomando en cuenta el ataque a Enio, esta vez las amenazas y las acciones iban muy en serio. El tipo había dado muestras de que no se trataba de una simple amenaza; todo lo contrario.

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Comisario Wenceslao Pérez Chanán

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