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He pasado un par de semanas de vacaciones en la ciudad de México recorriendo galerías de arte, anticuarios, museos y teatros.  Un periplo enfocado en la proyección de una de las tantas ramificaciones de la expresión cultural humana que, en aquella ciudad, pareciera tener posibilidades sin límites.  Extasiado, cámara en mano, registré infinidad de esculturas en bronce y hierro repartidas por paseos comunales populares que, en Guatemala, ya hubieran sido siniestradas para ser vendidas como materia prima.

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Librerías, unas tras otras, llenas de material histórico-artístico, teórico, crítico, analítico, de proyección del patrimonio, conservación, libretos de teatro, literatura nacional e internacional, producidos fuera o dentro del país, que circulan por contar con el apoyo irrestricto del gobierno.  Mismo que facilita que los libros cuesten la mitad que en Guatemala tramitando, así, en favor de la educación y no en su contra.

Escuelas como la Esmeralda y la Academia de San Carlos promocionan, luego de un proceso bien constituido de subsidios, licenciados en arte que encuentran su espacio profesional en el mercado laboral.  Este programa incluye facilidades para que los educandos del interior habiten apartamentos a precios razonables otorgándoles prerrogativas para que puedan enfocarse en sus estudios.  La Escuela Nacional de Artes Plásticas, aún viva gracias a la voluntad e ingenio de sus trabajadores, ha recibido jóvenes que para formarse han hecho sacrificios enormes más allá de lo razonable.  Si bien esto los enaltece, no es justo que un adolescente de las comunidades del interior tenga que trabajar toda la noche en una bodega para no quedarse a dormir en la calle.

El Ministerio de Cultura está pasando por una crisis presupuestaria que pone en peligro a instituciones que sí funcionan, como ADESCA, que están a punto de suspender operaciones por falta de recursos.  El reto es de voluntad.  Con ésta, de imaginación y gestión.  Ingredientes básicos para sacar adelante un plan global que apuntale la educación nacional que está a la deriva.  Los artistas independientes, los que no estamos entronizados en dependencias ministeriales, no creemos en el Ministerio de Cultura.  Esto no tiene nada que ver con sus personeros entre los que hay profesionales respetables y valiosos.  El ministerio está anclado por falta de recursos y una sobrelegislación que lo vincula irremediablemente a una constante mediocridad.

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