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Un mico y un payaso que dan miedo

Transitando el bulevar Liberación, el tráfico me detuvo frente a la casa de Mario Sandoval Alarcón (el Mico), donde próximamente funcionará una venta de hamburguesas de Ronald, y pensé que ese mico y ese payaso no dan risa; dan miedo.

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Los jóvenes que me leen, seguramente saben quién es el payaso Ronald, y el daño a la salud de su comida chatarra, pero probablemente ignoren quién es el Mico Sandoval Alarcón, por lo que trataré de articular un retrato hablado sobre este siniestro personaje.

Si ven el retrato del Mico, puede que les cause risa, pues su apariencia era cuasi cómica. De corta estatura, cejijunto y trompudo, parecía un chimpancé o un neandertal, un ser primitivo y sanguinario, que ejercía la política a sangre y fuego. Un cáncer de garganta lo obligaba a hablar con un aparato que emitía una voz de ultratumba, lo que hacía más detestable su apariencia.

Sandoval Alarcón estudiaba Derecho en la Usac, cuando la CIA arreció los ataques contra el gobierno constitucional del coronel Jacobo Árbenz Guzmán, quien promovía la instauración de un capitalismo social en Guatemala. En su discurso de toma de posesión sostuvo que “es absolutamente claro que nuestra economía política debe estar basada en la iniciativa privada, el desarrollo del capital guatemalteco, en cuyas manos debemos encontrar las actividades fundamentales de la economía nacional”.

Como en esa época había libertad política, el Mico formó una asociación de estudiantes anticomunistas, bajo la dirección y el financiamiento de los intervencionistas extranjeros. Algunos estudiantes honrados, como Carlos Yaquián Otero, confundidos por la propaganda anticomunista, se incorporaron a la organización, con funestas consecuencias.

En esos años, mi padre, Víctor Ferrigno García, trabajaba en el Departamento Agrario Nacional, junto al insigne Ernesto Capuano del Vecchio y otros militantes del Frente Popular Libertador, promoviendo una reforma agraria de tierras ociosas, aprobada legítimamente por el Congreso de la República.

El Mico logró pocos adeptos, pero viajaron a Honduras e invadieron Guatemala a la retaguardia del denominado Ejército de Liberación, compuesto por mercenarios y matones. Sandoval Alarcón y sus prosélitos nunca combatieron, pero se arrogaron la representación civil de la invasión; el Mico se convirtió en un político de ultraderecha y fundó el Movimiento de Liberación Nacional, conocido como el partido de la violencia institucionalizada.

El Mico organizó varios grupos de sicarios paramilitares, conocidos como la Mano Blanca, el Comité Anticomunista de Guatemala, el Ejército Secreto Anticomunista, etcétera, responsable de miles de secuestros, torturas y desapariciones, incluyendo atentados, como el ametrallamiento del emérito Poncho Bauer.

Una década después de la invasión, Carlos Yaquián y mi padre fraguaron una estrecha amistad, que duró toda la vida. Carlos mantuvo relación personal con el Mico, quien lo secuestró para financiar una de sus múltiples y fallidas campañas electorales, evidenciando su absoluta falta de escrúpulos.

Mi padre y otros abogados iniciaron una frenética búsqueda del amigo, incluyendo una visita al Mico; siendo un niño, lo acompañé y pude conocer esa casa funesta, donde torturaban a víctimas inocentes y próximamente servirán hamburguesas.

Aquellos tiempos se han ido, y hoy nos aquejan otras plagas, pero no se me olvida la siniestra figura de un mico terrorista, que nos impulsó a cambiar este país, bajo la consigna poética de Julia Esquivel: ¡Guatemala, nunca más!

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