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Chanán se equivoca (capítulo 1) Una llamada anónima

Faltaban seis horas para que los cinco niños corrieran despavoridamente hacia al pie del árbol adornado con bombas, luces y nieve artificial, en el que encontrarían los regalos que “misteriosamente” habían aparecido unos minutos antes que fuera Nochebuena.

No tan lejos de su casa, ubicada en la colonia El Mezquital, el comisario Wenceslao Pérez Chanán permanecía literalmente “trabado” en el tráfico de la Calzada Aguilar Batres. El motor de su auto tendía a recalentarse cuando permanecía mucho tiempo sin avanzar. Pérez Chanán suplicaba para que no dejara de funcionar cuando su celular anunció una llamada, que cuando vibró, pensó que se trataba de Wendy, su esposa. El comisario sudaba constantemente, a pesar del frío de diciembre que le penetraba hasta los huesos. Mientras empujaba el embrague y el freno, sus dientes trituraban varios manís garapiñados. Cada vez que tragaba uno, su pie derecho le recordaba la presencia de la implacable “gota”, pero su ansiedad podía más que su dolor de articulaciones.

Riiiiiiiiiiiiiiing, sonó el último timbrazo, antes que se percatara que en la diminuta pantalla solamente se destacaba el “sin identificación”.

—Te vamos a quebrar —ladró la voz masculina, la que tras una pausa, continuó amenazando —Por culpa tuya, encerraron a unos inocentes. La vas a pagar, muy caro, coche de mierda—se escuchó una escupida y el detonador de una escuadra.

El comisario lanzó el teléfono hacia el vacío sillón del copiloto. El tono de quien habló le pareció familiar. El problema era que las modulaciones de voz que utilizan los delincuentes se parecen. Es una especie de jerga muy pareja en sus acentuaciones y la forma en que nombran, que los pone al mismo nivel lingüísticamente.

Wenceslao masticó varios garapiñados más, mientras repasó los casos más peliagudos del año. Al lado del teléfono descansaba una caja con uvas y manzanas, las cuales había comprado para la familia. El baúl permanecía lleno de regalos para sus cinco hijos, Wendy y Muñeca, su perra, una american pitt bull terrier.

Comenzó recordando a la banda de nicaragüenses que robaba BMW X5, pero la descartó de inmediato pues en la actualidad estaba totalmente desmantelada y sin posibilidades que se unieran. Tampoco podían ser los narcotraficantes capturados en Zacapa, pues dos de ellos habían sido deportados recientemente a Estados Unidos. La clica de reos que extorsionaba y asesinaba estudiantes universitarios permanecía en cárceles de alta seguridad. Repasó algunos casos anteriores como el de los ciclistas traficantes de droga por América Central o la asesina de los hombres en moteles, pero les restó posibilidades debido al perfil que presentaba cada uno de ellos.

Su mano hurgó unas uvas arracimadas. Mecánicamente se llevó unas ocho a la boca. Abrió el vidrio para escupir las semillas y recordó que casi todos los años recibía amenazas similares. Quizá era parte de la rutina de algún o algunos desquiciados que recordaban a los buenos policías para las navidades. El comisario trasladó su mente hacia otro lugar. Le dieron muchas ganas de tomar un par de tragos de Predilecto. Su sentimiento fue tan real que hasta el dedo gordo de su pie se consternó, como si de verdad se le hubiera subido el ácido úrico. Entonces supo que se había equivocado.

La campanilla del teléfono volvió a timbrar. De nuevo, la voz rasposa del tipo que lo amenazaba desde un lugar no muy lejano.

—¿Verdad que no me creíste, chonte hijodelagranputa? O me tomás en serio o vas a ver lo que es bueno, coche. Dame un par de minutos y cuando te llame otra vez, vas a estar suplicando que me detenga.

La llamada había sido bastante larga. Por lo general, solamente amenazaban, insultaban y eso era todo. Evidentemente era la misma voz de minutos atrás. Wenceslao repitió la acción de lanzar el teléfono hacia el costado, pero mientras caía sobre la caja de uvas, rebotó hacia el piso del auto y volvió a sonar. Alargó la mano, contestó y se resignó a escuchar otra vez la sarta de amenazas. Sin embargo, Wenceslao Pérez Chanán estaba totalmente equivocado otra vez. La llamada era de Fabio. Le habló con un tono más parecido al de un familiar que se presta a dar un pésame. Su detective estrella lo llamó para darle una mala noticia:

—Le acaban de pegar un balazo a Enio, comisario.

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