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“En primera instancia, había que mantener la esperanza”

JL Perdomo Orellana

Mucho antes de que lo adulterasen con el ruidero de los DJs y la adiposa presencia del sobrevalorado Pedro Almodóvar y sus anexos, en el legendario Bar Museo Chicote de Madrid había tragos insondables como el Stradivarius, el Príncipe de Asturias y el Levantamuertos. Pero eso es lo de menos.

Sobre todo, aún había la convicción de que, para estar ahí, por la Gran Vía habían caminado autores como Hemingway y ahora, sin melancolías ni derrotas de ningún tipo, el también legendario escritor uruguayo Nelson Marra, autor de la poesía exacta que acumuló en Los patios negros y Naturaleza muerta; de la narrativa que tridestiló en Vietnam se divierte, El guardaespaldas y otros cuentos, Livvakten, Tango, Solo para mujeres y Cenicienta antes del parto. Obras redondas a las que agregaría solo una más: De cabreos y nostalgias.

Hubo un tiempo en el cual “por culpa de” la literatura podían matarte al contado o a plazos. Los “milicos uruguayos” -–a los que Onetti retrató como “bastante brutos”– pretendieron matar a plazos al maestro Nelson Marra por haber cometido el pecado mortal de escribir El guardaespaldas, participar en el premio de cuento convocado por el semanario Marcha, ganarlo entre 352 participantes y publicarlo en el mismo semanario el 8 de febrero de 1974.

Bajo la grave acusación de “asistencia a las asociaciones subversivas, pornografía y apología de la subversión”, el maestro Marra fue condenado a cuatro años de cárcel, casi mil 500 días de encierro que incluyeron torturas que lo llevaban hasta el desmayo. Juan Carlos Onetti, integrante del jurado, y Carlos Quijano, fundador de Marcha,  fueron encarcelados casi tres meses. Otros colaboradores del semanario no tuvieron tanta suerte.

Al día siguiente de cumplir la condena, el maestro Marra, indómito, rompió el cerco de la sevicia uniformada y encaminó sus pasos treintañeros a Suecia, México, España, Argentina, Perú, Cuba, Estados Unidos, Francia, Italia, Grecia, Portugal y China, para retornar de nuevo a España.

Invicto, con el acento uruguayo intacto, sin el lastre del rencor, allá a mediados de los años 90 del siglo XX, la voz del maestro Nelson Marra se agregó a las demás voces que hacían innecesaria cualquier música en el legendario Bar Museo Chicote de Madrid. Estas fueron algunas de sus palabras (52 años después de nacer un 6 de mayo en Montevideo; 13 años antes de caminar solo hacia el silencio donde, menos mal, ya Onetti estaba esperándolo):

¿Está de acuerdo en que hay por lo menos dos Nelson Marra: el de antes de la escritura de El guardaespaldas y el que sufrió las consecuencias?

Hay dos y hasta tres; evidentemente hay un antes y un después. El cuento marcó una referencia, un hito por lo menos en mi vida e incluso en la literatura uruguaya.

¿Por qué no añade que también en la literatura latinoamericana?

Sería un poco pretencioso decirlo, pero eso lo dejo de su cuenta… La marca sí existió en la literatura uruguaya… En aquel momento aún no había llegado la represión al sector intelectual. Es decir, luego de El guardaespaldas esa represión ya alcanza un poco a todos y motiva el exilio de Carlos Quijano, quien estuvo en México mucho tiempo; de Juan Carlos Onetti…; del propio Mario Benedetti… en fin, de muchos.

¿Podría detenerse en ese antes de El guardaespaldas?

Antes de ser escritor yo era un profesor, era un crítico literario, tenía mis ideas políticas pero no era un político, no tenía una actividad política, o sea que vivía una vida como muy tranquila en aquella época.

¿Qué hay en el después?

Fueron cuatro años de cárcel, esa es la segunda parte, digamos. Hay un después que sería el hecho de que acaban con toda una situación personal y conmigo mismo en alguna medida. Acaban en el sentido de acabar una forma de vida, como acaban con la forma de vida de muchos otros escritores, no solo con la mía. Esa sería la segunda etapa, con todo lo que ello conlleva y la resonancia que tiene en América Latina el cuento…

Una tercera etapa sería —o el tercer Nelson Marra, como dice usted— a partir del momento en que me instalo en Europa, el momento en que salgo de la cárcel y paso primero por Suecia dos años, estoy en México ocho meses y me radico en España desde el año 1981. Esa sería la tercera etapa de una consolidación en una geografía, como diría Benedetti, diferente.

Muchos se quedaron en El guardaespaldas. ¿No es injusto?

Yo siempre pienso eso y durante mucho tiempo me he sentido un poco con el peso de El guardaespaldas encima. Yo reconozco que, ¡bueno!, es uno de los mejores cuentos de cuantos escribí en esa época; creo que además tuvo una importancia extraliteraria, hay que marcar eso, pero, a su vez, no es lo único que escribí…

Cuando se me conoció por El guardaespaldas y se me conoció por el episodio político policial que motivó, empecé a pensar y sigo pensando que me gustaría que además se conociera otra parte de mi obra, que tampoco es muy extensa, pero en fin: dos libros de poemas, un pequeño libro de ensayos, tres libros de relatos y recientemente una novela que acabo de publicar en Montevideo. Es decir, mi obra no empezó ni concluyó en El guardaespaldas, obviamente.

¿Podría sacudirse, de una vez por todas, esa especie de piedra de Sísifo?

Bueno, el origen del cuento es independiente del concurso, que fue en el año 73. Ese cuento lo escribí un año antes, con el fin de que formara parte de un volumen. Nace un poco de la situación que vivía el Uruguay en el año 72, que era una situación bastante tensa e intensa, que era el periodo, digamos, de auge de la guerrilla tupamara, que era también el periodo de auge de la represión policial que prefiguró o preanunció la dictadura que vino un año después, en fin… Yo me alimento mucho en la literatura, mi literatura, de la realidad que me rodea, no quiero decir que haga una copia de la realidad porque eso no me interesa, pero digo que la realidad nutre mucho mi literatura.

Evidentemente, todos esos hechos políticos, incluso policiales que encerraban algo de aventura, que encerraban también algo de lucha en contra de la injusticia, todo eso me empujó a reconstruir con fantasía, con fabulación, con imaginación, literariamente, un hecho policial que tenía características si se quiere cinematográficas, que fue el crimen, la muerte o el asesinato —como le quieran llamar—, por parte de un grupo de tupamaros, de un inspector de la policía uruguaya de aquella época que integraba los cuadros represivos. Insisto, se trató de un episodio casi cinematográfico que entonces me atrajo, no tanto en lo político sino en lo estético. ¿Se da cuenta de lo que digo? Y entonces, simplemente, lo reconstruí. Por otra parte, a mí una cosa que me ha gustado siempre muchísimo, y en esa época tenía incluso una vocación por hacerlo, es el cine. De ahí que el tema ese tan cinematográfico me contaminó, y lo escribí casi como un guion y, bueno, eso se convirtió en El guardaespaldas.

¿Leyó las bases del premio en un periódico?

En Marcha, que era el semanario más importante en aquel momento de Uruguay. Y, bueno, en fin, simplemente me limité a enviarlo. Había un jurado que era muy importante, presidido por Onetti justamente; después había otra escritora (Mercedes Rein) y un crítico que vivió mucho tiempo en México, Jorge Ruffinelli. Fueron ello tres quienes premiaron el cuento y eso me dejó muy contento. Muy halagado.

Pero a los cinco o seis meses de la publicación se desencadenó todo, inmediatamente vino la represión. Nos detuvieron a Onetti, a Quijano, a mí. Ruffinelli estaba en México, pero nos detuvieron a nosotros y a muchísima más gente de Marcha. Finalmente, a mí se me condenó por la justicia militar, no por la justicia civil, a cuatro años de cárcel.

¿Hubo alguna manera de comunicarse con Onetti?

No. En aquel momento la comunicación era imposible. Cuando yo ya estaba en prisión, estábamos en una dictadura y prácticamente no había… Yo no tenía referencias de lo que pasaba en el mundo, es decir, salvo por algunas visitas que tenía, que me contaban, en fin, de que a Venezuela, a México, a Cuba, a distintos lugares el cuento había llegado, cosa que me alegró mucho.

¿Qué hizo todo ese tiempo en la cárcel?

Un poco lo que hace todo el mundo: esperar salir lo antes posible y creer que todo iba a ser más corto. Luego, leer mucho, escribir era difícil, yo escribía pero después lo rompía porque lógicamente las requisas internas y todo eso imposibilitaban la escritura. Leía mucho y trataba de mantenerme lo más sereno psíquicamente, porque, entre otras cosas, la cárcel es un deterioro psíquico. Entonces, en primera instancia, había que mantener la esperanza.

¿Nunca renegó de haber escrito El guardaespaldas?

No, nunca, eso jamás. En general, no me arrepiento de nada. No lo digo como una cosa de vanidad, pero de eso no me arrepentiría en absoluto, es decir, me arrepiento de haber estado preso, pero eso no lo motivé yo.

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