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Regresé a Guatemala hace una semana, finalmente; extraño el campo base, extraño la luz brillante del sol tocando mi tienda de campaña, extraño un poco la vida en campo base; la “incomodidad”, extraño las cenas de carne con champiñones que nos daban todas las noches, el frío en mis cachetes y el sudor de mis manos y pies al mediodía; ahora que me encuentro nuevamente en casa… Quisiera volver, por extraño que suene. Me alimenta cada día los recuerdos hermosos que nacieron en esos dos meses.

He leído una frase que dice: Mientras duermes alguien más está en las alturas. Hermosos recuerdos invaden mi mente, pero también recuerdo lo duro que pudieron haber sido estando en esos días presentes.

Siento que necesito unos días de vacaciones y desconectarme un poco de las montañas. Mi siguiente proyecto es elaborar el libro juntando las cuatro expediciones; estoy entusiasmada y feliz de iniciar dicho proyecto, el mar me llama un poco, pero me llama más el recuerdo que cosecharé cuando tenga el momento en mis manos y mi corazón. Everest es como un novio o un amante; se apoderó de mí a tal grado que me envolvió en una magia totalmente maravillosa.

Ahora me doy cuenta de que todo se basa en ciclos, lo bueno, lo malo, todo cambia y todo se mueve, no hay bueno ni malo, solo cambios. Hace poco me hicieron recordar mi infancia; me sentí un poco incómoda por recuerdos que había enterrado un poco, pero al mismo tiempo halagada de que les interesara. Pronto comenzaré mi aventura para iniciar a escribir el libro titulado Pasos de Gigante. Cuatro experiencias totalmente distintas, una tras otra, nada tuvieron que ver entre ellas y grandes fueron los obstáculos a superar.

Hoy me preguntaron si se parecían entre sí dichas experiencias y casi puedo decir que han sido cuatro montañas distintas en todo el aspecto de la palabra. Recién he vuelto y recién me doy cuenta de cuánto extraño esas aventuras. Hasta que no nos sentimos incómodos no nos damos cuenta de que debemos valorar más lo que tenemos.

Extrañé por años regresar a un ambiente social, cómodo, cálido, pero eso no pasó hasta que experimenté lo opuesto. Siento que ahora esto es un sueño y mi vida real fue durante el ascenso. Me siento un poco extraña y difícil de expresar, estoy aquí y quisiera estar allá o, mejor dicho, retroceder el tiempo y revivirlo nuevamente. Me he percatado de que fue una experiencia maravillosa y que me siento realizada y satisfecha de haberlo conseguido. Recuerdo esas noches duras, y antes de regresar a Katmandú recuerdo esas noches frías en las que pensaba que ya quería estar allí.

Recuerdo las cuatro expediciones como si hubiesen sido ayer; lo tengo tan presente y tan marcado que me cuesta percatarme de todo lo que ha sucedido durante estos años. Me sigo sintiendo exactamente igual, no veo ningún cambio físico, aunque todo lo trasciendo de forma espiritual.

Quiero seguir comiéndome el mundo y me siento feliz de sentirme por el momento satisfecha y feliz de ya no tener esa nube negra con una pequeña tormenta y rayos detrás de mí persiguiéndome como una sombra que jamás se iría, finalmente… La cumbre la ha desvanecido.

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