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¿Amenaza Yihadista una posibilidad en Guatemala?

David Martínez-Amador 

Investigador Social

Así lo expresó en diversas conferencias, a manera de aspecto provocador el académico francés Olivier Decottignies durante varias charlas académicas que fueron impartidas gracias a la gentil colaboración de la embajada francesa en Guatemala y otras instituciones académicas locales.

Este provocador argumento en realidad no es nada nuevo.  A inicios de la década del 2000, el texto de Moisés Naim titulado  Ilícito: Cómo traficantes, contrabandistas y piratas están cambiando el mundo ya planteaba esta posibilidad. Únicamente que,  apuntaba no a Centroamérica cómo contexto problemático sino a la triple frontera entre Argentina, Paraguay y Brasil.  El tiempo le dio la razón a Naim, y esta triple frontera ha constatado la presencia de ciudadanos árabes viviendo no en las zonas urbanas sino en esta gigantesca jungla que resulta ser tierra de nadie.  Hay más evidencia de presencia de posibles yihadistas aislados en esta zona que de una alianza narcos-terroristas.

El terrorismo islámico en América Latina es en realidad una zona gris.  En efecto, hay casos. El  terrible y deplorable atentado en 1994 de la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA) ubicada en Buenos Aires.  El anterior ataque dejó un saldo de 85 personas muertas y 300 heridas.  Las complicidades irían revelando posteriormente una trama de alianzas entre funcionarios iraníes y funcionarios argentinos.  En el mayor caso de terrorismo islámico que conoce América Latina, no hubo involucramiento de organizaciones de narcotraficantes latinoamericanas pero sí, de oficiales estatales que representan a un Estado que permanentemente niega el Holocausto y ha hecho muy poco relajar las draconianas leyes bajos las cuales viven mujeres, minorías religiosas y miembros de su propia comunidad LGB.

Pero volviendo al punto del artículo, alguien podría decirme que en la década de los noventa las organizaciones de narcotraficantes no estaban violentizadas hacia dentro como sí lo están hoy. Pero, a pesar de ello, y a pesar de la brutal violencia de la última década ( se dice fácil) las atomizadas organizaciones de narcotraficantes han generado violencia calculada, pues para que el negocio del narcotráfico pueda florecer se necesita estabilidad política y económica que permitan generación de riqueza con la cual se pueda tener un mercado de consumidores.

Nada resultaría peor para el negocio del narcotráfico que un atentado terrorista donde entonces, el nivel de seguridad incrementado ponga tanta presencia en los puntos fronterizos y calles haciendo imposible el trasiego y el narco-menudeo. Por eso es que, además, tampoco a los cárteles les interesa conducir a los Estados al punto de transformarlos en Estados fallidos pues en dichos casos la capacidad para lucrar a través de los Estados es nula. El narco necesita, en medio de todo, mecanismos institucionales estables para poder corromperlo porque la corrupción de los Estados representa también profundas ganancias. Otro aspecto que debemos considerar es que esencialmente los cárteles ( y los grupos más pequeños) carecen de ideología política y religiosa, o una mezcla de ellas. Su lógica organizacional no contempla aún al Estado como un enemigo a diferencia de las mafias italianas que en momentos muy concretos se hicieron organizaciones anti-sistémicas.

La paranoia del matrimonio entre cárteles y yihadistas me parece, es eso, una paranoia alimentada desde los tanques de pensamiento en Washington con la finalidad de influir en quienes diseñan la política pública de contención hacia América Latina. Lo anterior significa en efecto, mayor control sobre la frontera Sur. Pero fuera de esto, en realidad, todo el argumento es demasiado jalado.

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