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Derecha criolla: principio del final

Antes de 1986 Guatemala vivió bajo la dictadura que cómodamente se sustentó en la gobernabilidad autoritaria. Esta maquinaria absolutista y reaccionaria, cerró todos los espacios políticos a quienes no se sometiesen a sus dictados. Si ser socialdemócrata era ya un riesgo inminente que apuntaba a la eliminación física de quien osase sustentar esa ideología, ser marxista era un suicidio. La alianza en el poder, ese implacable tríptico que no cedió espacios de participación social a nadie que se marginase de sus dictados, estuvo rígidamente constituida por la rancia élite empresarial local, el alto mando militar y una corrupta y sometida dirigencia política que fingió ser ilustrada, nacionalista y democrática.

La caída de la Unión Soviética y la finalización de la Guerra Fría implicó para este tríptico autoritario un doble sentimiento. Por una parte, alzaron copas para celebrar con marcada notoriedad el hecho de que “la historia les diese la razón”. Pero simultáneamente sabían que la apertura democrática sería indetenible o por lo menos, un complicado desafío que debían tratar con atención. Así empieza a fraguarse la transición del autoritarismo a la democracia. Se cumplen dos de los tres requisitos básicos: la liberalización de las fuerzas sociales -porque se aceleró un proceso de organización social antes nunca visto- y se inicia un proceso quizá lento pero evidente de reconversión militar. El requisito incumplido fue el verdadero desmantelamiento del poder político/económico que la dictadura había mantenido y que logró preservar hasta bien entrado el siglo XXI.

El poder de esa dictadura político/económica jamás permitió la eclosión y consolidación de algún partido de izquierda democrática. Por el contrario, llegó al extremo de negociar con las peores mafias locales para entonces independientes, concretando alianzas perversas que al final, le permitió preservar una notable cuota de poder. En síntesis su poder -salvo algunas pasajeras inconveniencias- se mantuvo intacto. De 1986 a 2015 el barco de la dictadura reciclada se mantenía a flote. Su principal característica fue enarbolar en público y en privado, su carácter de derecha conservadora. Porque ningún gobierno, en esta alicaída transición política, ha representado a una izquierda moderna y progresista. Y sea quizá la debilidad estructural del Estado, deliberadamente establecida por esta élite, el elemento contundente que confirma lo anterior. La derecha conservadora y reaccionaria no cree en el Estado, no cree en instituciones públicas eficientes e independientes, no cree en la soberanía popular. Luis XIV les inspiró en medio de su colosal ignorancia histórica a remedarlo: “Acá el Estado soy yo”.

Hoy, una instancia internacional les dijo “ya no más”. Contra todo pronóstico, creo que lo logrado revela el principio del final de un Estado autoritario, corrupto, derechista y criminal, que sacrificó a un pueblo entero sin piedad. Que lo logrado se trata de una agenda global, quizá. Pero aun así, bienvenido el cambio en nombre de nuestro futuro nacional. Hay esperanza y eso es ahora lo que cuenta.

Si ser socialdemócrata era ya un riesgo inminente que apuntaba a la eliminación física de quien osase sustentar esa ideología, ser marxista era un suicidio.

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