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El muro de la melancolía es muy extenso, circula nuestra vida y la retiene dentro del pasado. Un sitio petrificado por la añoranza. Una prisión cómoda y estable donde alcanzamos el mérito de permanecer inermes como piedras. Ese pasado que es imposible de asir y que pareciera ser otro lugar, otro planeta.

El pasado construye su ciudad dentro de nosotros. Podemos habitar cada día con todo aquello que dejamos o perdimos, reconstruyendo edificios y conviviendo con el fantasma de lo que fuimos. Un lugar sin caminos, solo largas avenidas llenas de nombres que gradualmente se apagan en la memoria de otros. No deseamos abrir las puertas ni dejar que entren nuevas esperanzas, solo exhibimos las oxidadas armas de defensa para nuestra fortaleza.

La feudomelancolía es acaso el encierro voluntario dentro de una tristeza amurallada. Nos protege del presente y del riesgo al cambio. Nos blinda del peligroso entusiasmo que existe detrás de una mirada joven. Nos sostiene firmemente dentro de una causa única: reivindicar nuestros prejuicios.

El feudomelancólico se ha dado tantas veces por vencido que celebra aniquilando cualquier entusiasmo. Denota gran energía castrando el deseo de otros. Pone todo su esmero en el cinismo, justificando con su “crítica” la inmovilidad de quienes nacieron viejos o muertos. Se sienten traicionados por los demás, pero en realidad están derrotados por sí mismos.

Algo debe mantenerse latiendo adentro de nosotros para sentirnos con vida. Esa insistencia de prolongar nuestras ideas y nuestro asombro. De permitirnos creer que aún existen muchas cosas que se pueden cambiar. El motivo para no darnos por vencidos seguirá siendo el mismo: esa curiosidad por ver qué nuevas razones tenemos para no prolongar el pasado.

Es tan difícil no hacer nuestra propia muralla de derrotas ni de glorias pasadas. Sobrevivir al día de ayer y no encallar en la nostalgia. El mayor de los retos para los jóvenes de este país es no escuchar a las estatuas de sal que han convertido a Guatemala en una enorme fosa común repleta de injusticia, derrota, miseria y solemnidad.

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