Home > Cultura > No todo termina en el Pulpo Zurdo

No todo termina en el Pulpo Zurdo

El comisario Pérez Chanán tragó saliva, pues la llamada procedía del teléfono de Fabio, pero la voz era de otra persona. Tendría que ser Olegario. Eso podía significar que su detective habría caído en combate. Pegó el teléfono a la oreja y se aprestó a escuchar.

—Comisario. Usted no me conoce. Le hablo de parte de su detective. Soy el vendedor de frutas, que como buen ciudadano vine a prestar ayuda a la Policía y no me quedó más que zamparle un sandiazo en la cabeza al malhechor. Su detective está herido, mejor dicho ambos. Pero no de muerte. Puede estar tranquilo, cambio y fuera.

El comisario le pidió a Julia que se quedara en la habitación con la muchacha. Afuera habían dos custodios. Uno de los médicos tomó del brazo a Wenceslao y le expresó que la chica estaba embarazada. Se lo dijo como si ella hubiera sido hija del propio comisario. En ese momento no le prestó mucha atención. Más adelante comprendería las implicaciones.

Final de la Avenida de Las Américas.

Enio y Fabio eran atendidos por personal paramédico de los bomberos Voluntarios y Municipales. El comisario había ordenado que precintaran toda el área. Incluso los periodistas y demás curiosos no podían ingresar a la escena.

Olegario permanecía esposado, además de golpeado debido a la pelea con Fabio. Sin embargo, su expresión daba cuenta como si él hubiera sido ganador del combate. El vendedor de fruta se sentía también todo un campeón. Sabía que su valentía sería retribuida por el comisario, ya que días atrás leyó sobre el reconocimiento realizado a un campeón nacional de tiro que había apoyado a este mismo equipo. Se imaginó recibiendo un mango de oro y una sandía de bronce.

Ambos detectives se levantaron de sus respectivas camillas. Aunque los paramédicos les expresaron que debían ser trasladados a algún hospital, lo rechazaron. Enio caminaba como momia y Fabio como zombi. De esa forma se acercaron a Wenceslao a quien la ansiedad por masticar un maní garapiñado lo tenía haciendo estrellitas con las manos.

Los tres se trabaron en un abrazo. Por algunos momentos el comisario pensó que pudo haber perdido a uno de sus detectives, pero se le quitaba rápido, tras pensar en sus habilidades y las agallas que tenían cuando se trataba de cumplir con la ley.

Una de las perreras se llevó a Olegario a quien se le harían saber dentro de pocos días los cargos por los que se le acusaban, que iban desde secuestro, extorsión, homicidio múltiple, entre otros. Se había ordenado su traslado al centro preventivo de la zona 18, y que fuera ubicado en uno de los sectores de mayor seguridad.

Que el Ministro se encargue de ofrecer los datos a la prensa, pensó el comisario, ya que en anteriores ocasiones lo había hecho alguno de sus muchachos. Wenceslao era reacio en salir en los medios o contestar preguntas.

Los tres se subieron a la patrulla. Cada uno como pudo. Esta única vez Wenceslao había tomado el volante, ya que la condición de sus muchachos impedía que manejaran. Wenceslao sentía una especia de aleteo en su estómago. Era esa sensación que se le atravesaba cada vez que resolvía un caso. Aunque al ver por el retrovisor a sus muchachos, ambos golpeados, con heridas de bala, pero sonrientes, el sentimiento fue encontrado, pues sintió pena por ellos, pero por otro lado, un gran orgullo de tener a los dos mejores detectives del país. Eso ameritaba, por supuesto un buen trago en el Pulpo Zurdo.

Wenceslao condujo por  la Avenida de las Américas, atravesó La Reforma. Allí sintió la mirada de complicidad de alguna de las estatuas. Cruzó para la zona 5 y llegó al punto.

Las meseras los recibieron como héroes, pues no se habían perdido la transmisión radial. Ya le tenían preparada una botella de Predilecto de cortesía al comisario y un caldo de pata espectacular. Para sus muchachos habían enfriado varias cervezas. Un merecido homenaje que mostraba como fondo música de Héctor Lavoe, que salía con mucho ritmo de la vieja rocola.

Un salud por eso, se quedó sordo tras el ruido que provocó el cristal de los tres vasos, que luego subieron en un ángulo de 45 grados hacia los labios de los tres policías.

Gran Final

No se pierda la otra semana el Epílogo de Si Dios me quita la vida.

.
.

Leave a Reply