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Las extorsiones, una calamidad cotidiana

Al menos ocho zonas de la ciudad de Guatemala viven en un estado de sitio de hecho. Las cifras son escalofriantes por todo lo que implica vivir bajo condiciones de suma angustia y estrés emocional. Según cifras del GAM y de la PNC, la tasa de homicidios en el ámbito nacional asciende a 35 por cada 100 mil habitantes. Escuintla lidera con 93. En pocas palabras, a más de 5 mil 600 ciudadanos les arrebatan la vida en un año.

El deterioro está a la orden del día. La gradación de los crímenes va del cinabrio a la sangre. Las historias de las víctimas bien pueden alimentar a una legión de escritores de novela policíaca. La norma son las extorsiones, los asesinatos, los asaltos y el robo de vehículos. Donde ocurren estos crímenes vive la mayoría de la población capitalina. Es decir, hablamos de millones de personas en condiciones de potenciales víctimas de estos ilícitos.

En algunos lugares se ha retirado el servicio de reparto de alimentos, medicinas, gas y taxis. Es más, en otros, desde las seis de la tarde es considerado de sumo riesgo atreverse a transitar por sus calles y avenidas. Pero, más allá de este anecdotario de aflicción, están las razones de fondo que alimentan día a día la voluntad de aquellos que trabajan en las sombras del crimen. Así, como quien no quiere la cosa, se habla de entre 300 y 350 millones de quetzales al año, el dinero recolectado por los extorsionistas. Los pandilleros, a su modo, ejercitan la furia tributaria: quien no obedece, paga con su vida.

Como refieren muchos testigos y pobladores, las pandillas se han adueñado de barrios y colonias. En otras palabras, pura metodología del estrago, para convertir la existencia en algo enfermizo y frágil. Para tal efecto, utilizan car wash, taxis y abarroterías.

Como sea, existen sobradas razones para ahondar en la investigación de este universo de violencia y de dolor. El tesón de los capitalinos para convivir en estas populosas y populares zonas merece otro destino. Continuar en ese carrusel es inviable e insano. Lo que piden los guatemaltecos es una oleada de esperanza, vida y ríos de bienaventuranza. La pesadilla de las extorsiones avasalla cualquier pacto de convivencia social, pone en riesgo el futuro mismo y agota el más corajudo empeño por el entusiasmo.

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