Home > Columnas > El valle de las vacas

No existe un espacio vacío, un lugar, una orilla que se conserve intacta. Todo alrededor ha sido colonizado por la saturación del ruido y de la imagen. No queda un centímetro donde se pueda resguardar la imaginación.

La ciudad de Guatemala es un miserable reducto publicitario. Centímetro por centímetro quedan las palabras desperdiciadas en vallas, carteles, pantallas… Plano, hipócrita y vano de la publicidad en su estado más primario y efectista, esa que nos invita a la utopía más subdesarrollada que existe, la de tener para dejar de ser invisible en una sociedad que —tanto en lo económico, cultural, estético y político-— privilegia a gente de cierto aspecto y con un ostentoso poder adquisitivo.

La cantidad de logos supera por cientos la cantidad de árboles en cada kilómetro. Ni mencionar la total ausencia de artistas visuales guatemaltecos, ya que el muralismo y la creación pública es algo que se ha cultivado muy poco en los últimos sesenta años, porque, claro, no existen presupuestos, y de haberlos, tanto conservadores como pseudoprogresistas, se rasgarían las vestiduras aduciendo que la cultura no es prioridad para un país atormentado como el nuestro.

Es común ver a diario un lampo de verde que con los años o los meses terminará convirtiéndose en la extensión de un centro comercial o una antena de telefonía celular o un botadero de basura. No existe una moral ecológica, mucho menos pedagógica, que exija respeto por los espacios libres de propaganda. Aunque hay esfuerzos municipales, privados y particulares por crear espacios de convivencia donde se pueda preservar un poco de aire fresco y un poco de arte para desoxidar las ideas, la tarea se ve rebasada por la avalancha descontrolada de la arquitectura en su sentido más macabro, esa que viene hecha con molde y se implanta en el paisaje, sin regalar ni un ápice de imaginación, historia o reflexión acerca del entorno.

De no repensar el rumbo que llevan las ciudades de Guatemala, no veremos más que un montón de ridículos parques temáticos altamente contaminados y poblados por rumiantes de cancioncitas promocionales.

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