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Crónica de una muerte incompleta

Jonathan Ardón

Edson Ademar Sociólogo

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Los días calmados de la época nos permiten tomar un momento para disfrutar la vida, imaginar cómo afrontaremos los días y años venideros, imaginar un futuro lleno de alegrías y oportunidades al ver el rostro de un recién nacido. En fin, nos permite soñar el futuro, no por ello exento de preocupaciones u obstáculos, pero que sabrá enfrentar alegrías y tristezas,  éxitos y fracasos del día a día. Disfrutamos de una vida que escapa a la cotidianidad y  la cual de vez en cuando valoramos. Y es que valoramos la vida cuando esta es de algún modo amenazada o puesta en riesgo.

Pero qué pasa con aquellas personas cuya vida es diariamente amenazada, o, mejor dicho, aquellos a quienes se les ha arrebatado toda posibilidad de un porvenir, donde la muerte está siempre a su lado como una amenaza cotidiana. Me refiero a aquellas personas que perciben la vida como una lucha permanente contra una muerte omnipresente. Esta muerte siempre amenazante es materializada en la lucha perdida por saciar el hambre, por beber agua potable, la búsqueda de empleo digno, la explotación y la injusticia cotidiana, la desesperación ensordecedora y, en general, la ausencia de esperanza por el futuro.

Todas estas formas de corroer la existencia hacen que su vida se asemeje a una muerte incompleta.

Estos individuos están condenados a una ausencia de vida, en muchos casos aun antes de nacer. Se les ha despojado de todo, hasta de su propia humanidad y, por            supuesto, su dignidad. Por ello no tienen nada qué dar, y al no tener nada qué aportar, son socialmente invisibles. Están condenados a la invisibilidad y la deshumanización. En nuestro país viven aproximadamente 15 millones de personas, pero, me pregunto, ¿cuántos en realidad viven y cuántos se encuentran en estado de muerte incompleta?.

Para aquellos que viven, la humanidad y la dignidad son dos valores prácticos que encontramos en el día a día, pero ello no significa que una guerra, una catástrofe o una injusticia no los puedan arrebatar en un segundo y en el momento menos esperado.

Por ello, considero que quienes tenemos la dicha de vivir, debemos recordar que la vida se construye día a día, y esa vida envuelta en humanidad y dignidad debemos reconocerla y defenderla no solamente en nosotros, sino también en aquellos a quienes se las han arrebatado. La pregunta es, ¿qué tipo de sociedad queremos para nuestra vida?, una sociedad en la que todos tengan alimento suficiente, en la que sea posible dedicarnos a nuestra vocación bajo condiciones decentes, en la que tengamos la tranquilidad de caminar por las calles sin preocupación ni miedo. Debemos aspirar a una sociedad en la que sus integrantes actúen bajo medios dignos,  para garantizar la vida digna a todos.

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