El Siglo

Una lucha cuerpo a cuerpo

Francisco Alejandro Méndez

ComisarioWPchanan@gmail.com

Olegario Amílcar Cetino es su nombre completo, comisario. Es calificado como un individuo altamente peligroso. Es integrante de una de las bandas más peligrosas del país, a la cual se le atribuyen casos de alto impacto. Han secuestrado hasta perros por los que han pedido rescate y cuando no han pagado, los han ejecutado. Uno de los casos fue el del perro Jou, un pastor alemán. A sus dueños les enviaron por fax sus huellas. Les exigieron 20 mil quetzales, pero como no pagaron, el perro apareció descuartizado frente a la residencia. Han secuestrado a diversas personas de varios sectores. Se cree que podrían tramar un caso de alto impacto. Este individuo, nacido en el Oriente del país, no tiene escrúpulos. Tiene varios ingresos a la cárcel. De hecho, en una ocasión entró dos veces el mismo día; su carrera delincuencial es bastante larga. Hay otra cosa interesante, comisario. Y es que se le relaciona también con altas autoridades del deporte más practicado del país. Aunque no se le ha logrado vincularlo directamente parece que está relacionado con la venta de boletos en el mercado negro. Es un todódolo este muchacho.

El relato de Julia para el comisario fue interrumpido con la llamada de Fabio, quien anunció agitado, pero un tanto sereno, para anunciar que Enio había sido alcanzado por una bala de Olegario.

—Está herido de una pierna. Se ha desplazado hacia un lugar donde no lo pueden impactar comisario. Yo voy a enfrentar al desgraciado. Prepárenle una camilla en el hospitalito.

A Wenceslao no le dio tiempo de contestarle a su detective, quien en ese mismo momento emboscó a Olegario, a quien sorprendió mientras buscaba un mejor ángulo para impactar de nuevo a Enio.

El cuerpo de Fabio cayó sobre la cabeza de Olegario, quien de inmediato dio de bruces y soltó el arma. El detective se dobló la pierna, pero cuando trataba de incorporarse un zapato negro puntiagudo impactó en su cara lanzándolo hacia atrás. Tras el certero golpe, Olegario se apresuró sobre su arma, pero la mano de Fabio prensó su tobillo, lo hizo perder el equilibrio y volver a visitar el suelo. Fabio se lanzó sobre él y logró lastimar varias veces su hígado; tiró golpes como si el espíritu de Mike Tyson se hubiera apoderado de él. Sin embargo, el malhechor asimilaba los manotazos de tal manera que cuando pudo pateó a Fabio, a quien lanzó hacia tras. Enseguida se arrastró hacia su arma. Un par de pájaros con el pecho amarillo observaban la pelea desde los cables de alta tensión. Parecía que con sus cantos amenizaban la pelea y le daban a Fabio ánimos para salir delante de ese combate cuerpo a cuerpo. Más arriba tres zopilotes volaban en círculos, anunciando o quizá oliendo a muerte.

—Comisario, los refuerzos no llegan. Algunos elementos han comenzado a correr por la Avenida de Las Américas, ya que el tráfico no ha logrado avanzar. Algunos malos ciudadanos no dan vía a la patrullas. Es una lata, eso habrá que regularlo porque…

En ese momento ingresó una llamada para el comisario. Se trataba del Ministro de Seguridad, quien le exigía explicaciones.

—La ciudad está hecha un caos, comisario. Dígame, he estado escuchando varias versiones, pero necesito que me diga qué es lo que está pasando. Espero que sean buenas noticias porque tengo a todo el gabinete del Ejecutivo, al CACIF y hasta la Iglesia llamando para que explique ese caos que hay por ahí.

El comisario pensó cómo mentirle y a la vez deshacerse de él lo más pronto posible, porque necesitaba tener la línea desocupada para recibir la llamada de Fabio en cualquier momento. Pérez Chanán sudaba a chorros. Había ubicado su pañuelo en su cuello para calmar las gotas de sudor que salían disparadas  de su cuero cabelludo y cabello, disparadas como estalactitas. El dolor producido por la acumulación de ácido úrico en sus rodillas lo hacía caminar con mucho dolor, sin embargo, su estoicismo lo empujaba a desempeñarse como si nada ocurriera en su cuerpo. Ya se había terminado todo el maní garapiñado que había a sus alrededores.

De pronto su celular timbró. No supo por qué, pero Wenceslao tuvo un mal presentimiento. Cuando se prestó a escuchar, una voz que no era la de Fabio lo saludó con un poco de cinismo:

—Hola, comisario, ¿cómo le va?

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