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Parecería absurdo pensar en un sistema democrático sin partidos políticos. Hay quienes piensan que la democracia sin partidos no existe. Pensar en eso, dicen, es como proponer un sistema autoritario, dictatorial. En la antigua Grecia, donde nació la democracia, no había partidos.  La democracia era una democracia directa donde los ciudadanos capacitados votaban por las leyes ellos mismos en vez de elegir a representantes.  Ha habido períodos, en Estados Unidos y México, donde el ejercicio del poder no ha hecho necesario a los partidos, sin que eso implique falta de libertades de opinión, participación o de organización.

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Ningún sistema democrático dice que los partidos políticos por sí mismos sean los únicos instrumentos de representación del pueblo. Es más, la experiencia demuestra que no lo son.  Si se va a la raíz del concepto, democracia proviene de los vocablos demos, que se traduce como pueblo, y kratos, que se entiende como poder; es decir, poder del pueblo. Otros lo definen como el poder del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. Según Platón la democracia es el gobierno de la multitud y, según Aristóteles de la mayoría. Son muy pocos los países que funcionan sin partidos, pero ciertamente el sistema de partidos está muy cuestionado y debilitado. De ahí que han surgido otros mecanismos de intermediación: los poderes económicos, las revueltas populares y las redes sociales, con mucha incidencia en la vida actual.

Guatemala es un ejemplo de países donde el sistema de partidos políticos no llena los requisitos para que los electores concurran a las urnas con la confianza de que elegirán candidatos idóneos.  Los ciudadanos no se sienten representados con candidatos designados en forma democrática y transparente, ni por partidos sólidos, bien organizados. Los partidos políticos son simples vehículos que van a la esquina y luego se abandonan. Las elecciones de alcaldes y diputados están marcadas por la reelección, por el sistema de candidatos en planillas y por el financiamiento de las campañas por parte de grupos clientelares, interesados en la captura de las instituciones. El elector resulta votando por un candidato que compró la casilla o fue designado a dedo por alguien.

Si se pensara en una elección directa, al menos para alcaldes, el ejercicio demostraría que no se requiere la intervención de partidos políticos ni de campañas electorales.  Con supervisión del Tribunal Supremo Electoral, las aldeas que forman los municipios podrían realizar asambleas y elegir a cinco o diez representantes, de los más honrados y capaces; estos delegados llegar a una gran asamblea del municipio y ahí elegir al alcalde y los miembros de los concejos municipales.

En el sistema normal de elecciones, no obstante, ser las aldeas los lugares donde reside la mayor parte de los ciudadanos, es donde se registran menos votaciones. Si de las aldeas nacieran los electores que eligieran en asambleas municipales al alcalde y los miembros de los concejos, el proceso sería más legítimo.

Ningún sistema democrático dice que los partidos políticos por sí mismos sean los únicos instrumentos de representación del pueblo

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