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V  oces recurrentes se han posesionado de los relatos que cuentan nuestras historias. Es como si nos hubieran instalado discursos prefabricados que salen de forma natural en nuestras expresiones más sencillas o más sofisticadas al hablar acerca de nosotros y del país. Oímos tanto las historias en casa, en la escuela, en la radio y la televisión, que asimilamos lo que debe decir nuestra voz y el tono como debe ser dicho. Aun los jóvenes que se han creído los eslóganes imperecederos que retratan a las nuevas generaciones como representaciones vivas del cambio, en realidad siguen recreando las narraciones entre buenos y malos, comunistas y capitalistas, izquierdas y derechas o populistas, antiterroristas y  demócratas.
La sociedad aún no ha sido capaz de liberarse de las ideologías predominantes, lo cual limita otras narraciones y proyectos alternativos a nuestra miseria. Se sigue bajo la inspiración de la fe religiosa o secular, para retardar cambios o para insistir en un lenguaje que no da respuestas a las necesidades de transformación. Estamos bajo el imperio de interpretaciones sesgadas de las Sagradas Escrituras por los autodenominados profetas, o activistas políticos que en las universidades reconvierten los textos académicos en credos de fe, sean estos escritos de Mises, Hayek, Marx o Martínez Peláez.
No nos está permitido abandonar las reglas que tenemos para comunicarnos y actuar. Los lenguajes alternativos no son hablados o escuchados, solo se toman como débiles murmullos que se desvanecen o se les debe hacer desaparecer. Es como si la repetición continua de las narraciones de lo que somos y de nuestro espectro de vida haya construido una conciencia supraindividual y una capacidad de habla que reduce esquemas del mundo que aparentemente se contraponen, cuando en realidad encajan de manera casi perfecta para mantenernos como sujetos solos, hablando siempre lo mismo y repitiendo las mismas escenas desde hace mucho tiempo. Es como un coro que articula las voces diferentes cuando se interpreta la misma canción que se repite una y otra vez y, como consecuencia, todos se saben su pedazo y entonación a pesar de lo lúgubre que resulta ser.
En los momentos de incertidumbre, cuando la racionalidad y las mismas palabras no pueden describir dinámicas que se les escapan, aparece de manera curiosa el silencio. Acompañando el mutismo la actitud resumida en el Laissez Faire; que las cosas sigan su curso, que son demasiado embarazosas.
El silencio muestra en estos casos la incapacidad de traducir al lenguaje omnipresente cuestiones que han rebasado las fronteras de lo usual, aunque las cosas se hayan formado ante nuestra apatía como la presencia del narcotráfico, la corrupción o las maras. La dimensión es tan grande que la responsabilidad y soberanía no son motivo de la incumbencia de nadie; solo debemos ver hacia otro lado. Se actúa como si se fuera migrante y repatriado sin haber salido del propio país.
A veces imagino que debemos dejar de escuchar esas voces esquizoides que por mucho tiempo no nos han dejado construir nuevos lenguajes y formas alternativas de constituir comunidades. Pero deshacerse de ese lenguaje unidimensional es todo un reto que atenta contra lo que hemos venido creyendo que somos y que desafía lo que nos limita para ser diferentes. Debemos atrevernos y encontrar la ruta en la que podamos aprender otros lenguajes capaces de articular discursos renovados y hacer de esta existencia algo que sea vida.

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