Home > Columnas > Malheridos por la prisa

Hay días en los que ciertas avenidas se abren en ninguna dirección, porque siempre se llega al mismo lugar: la nada; en efecto, esa nada metafísica que nos transforma en funámbulos a punto de caer de un lado a otro. Una rareza que viene de golpe, para observar secretamente lo que sucede a nuestro alrededor y llegar a una pequeña conclusión: se malgastó la capacidad de explicar la trama de los personajes que pueblan las múltiples historias de las cuales formamos parte. Entonces, caemos en la cuenta de que la prisa es una malsana pasión que exige sus víctimas, es decir, nosotros, y si bien la perseverancia no prospera en los distraídos, es innegable que la mediocridad se refugia en la actualidad, aquella ruina de pasado mañana. Si no, véase cómo entramos a medias en la realidad, apenas un leve contacto, escarbamos lo que se puede y, acto seguido, huimos ante el tedio de las explicaciones.

Y no podría ser de otra forma. Vivimos en el filo del culto al pragmatismo, la inmediatez y lo utilitario. Los relatos de familia, del país, del mundo, no poseen la obligación de la continuidad; al contrario, la fragmentariedad nos ayuda a entrecomillar la versión de los hechos y nos damos por satisfechos, no sin antes beber una dosis de pudor delante de algunas imbecilidades. Por lo mismo, evitamos acercarnos a ciertas verdades y preferimos irnos por la tangente.

Lo que no lleva a buenos resultados económicos crea una abierta repulsión. Lo instantáneo acentúa la sensación de irrealidad. Basta con el tráfico en la ciudad para saber que desde ya hemos perdido en todos los sentidos y hemos ganado una acidez estomacal para nada melancólica. No se diga de las redes sociales. Leon Wieseltier, un humanista estadounidense lo define mejor: “Internet es el mayor asalto a la atención humana jamás diseñado. Es una guerra contra la atención, contra el tiempo”. Sin duda, es algo similar a vivir en un ciclo degradado y desgraciado, donde la patria recomienza en el insulto, en la vaselina de burócratas aburridos y en las palabras sobre catástrofes naturales en boca de la presentadora del tiempo.

Cuántas veces no escuchamos las quejas sobre la falta de tiempo y el gozo de una conversación que no aspira a sorpresas ni ideas con gran virtud. Así, es común escuchar las filípicas paternas contra la costumbre de los hijos adolescentes, quienes se pasan cinco o seis horas en la tableta, la computadora o el teléfono inteligente. Por supuesto, para estos jóvenes, esas palabras no son más que fuente de fastidio y una prueba concreta de la intoxicación metafórica de sus padres.

Pero, no solo dejamos de hablar, también de mirar el mundo afuera, de escuchar, porque, más allá de ciertos cuchicheos confesionales, oír con cierta pureza supone intensidad, estar más allá de la tribu. Ni siquiera esa enfermedad de la prisa nos da para tener una vocación por el epigrama, menos, adquirir una hábil concisión para las premisas. Como sea, la prisa nos ha llevado a la soledad como una devoción, una devoción llena de liturgias informáticas. Bien lo dice Wieseltier: “El acto más revolucionario que uno puede hacer hoy, fuera de la política, es ralentizar: desacelerar”. Aunque, dicho sea entre paréntesis, quizá sean estas unas convicciones monótonas de un pasado que no volverá.

Vivimos en el filo del culto al pragmatismo, la inmediatez y lo utilitario.

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