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Vialidad urbana o la cuadratura del círculo

Pretender encontrar “una” solución para los problemas de la vialidad en el área metropolitana de la ciudad de Guatemala, es como la quimérica búsqueda de la cuadratura del círculo.

El centralismo político-económico, heredado del pasado colonial y reforzado por el modelo finquero agroexportador de los siglos XIX y XX, convirtieron a Guatemala en un país macrocéfalo. Esto es, un territorio “nacional” carente de presencia estatal (con todo lo que implica en términos de servicios públicos, inversión, comunicaciones, infraestructura, etcétera) versus una urbe con vocación concentradora de la modernidad y de todo aquello que, durante decenios, se negó a lo que aún hoy se llama, impropiamente, “el interior”.

Así, la ciudad de Guatemala y su área metropolitana (que prácticamente ahora ya incluye a la casi totalidad de los otros 16 municipios del departamento, más varios de otros departamentos colindantes) se convirtió en un gran polo de atracción urbana, con la mayor densidad demográfica del país y donde se concentran las principales actividades comerciales, industriales, bancarias y otros servicios de la economía, sin olvidar la concentración de los servicios públicos gubernamentales, los de salud, educación, cultura y entretenimiento, tanto públicos como privados.

Nada extraño es, entonces, que la vialidad se haya convertido en un problema cada vez más difícil de gobernar en la ciudad de Guatemala, agravado por el exacerbado consumismo individualista que hace del transporte de las personas y de las mercancías un asunto básicamente particular, en desmedro de su naturaleza esencialmente social.

Cabalmente, aquí está uno de los nudos gordianos de la cuestión: no se la podrá atender debidamente mientras no se la considere como un asunto de interés común, que nos afecta a todas y todos cuantos residimos, trabajamos o estudiamos en esta ciudad hipertrofiada.

En esa línea de pensamiento, la agobiante vialidad de la ciudad de Guatemala y de su área conurbada debe enfocarse no exclusivamente como un asunto de automotores, de calles y avenidas, de calzadas, vías rápidas o pasos a desnivel, sino como una cuestión que atañe a las personas y a su calidad de vida.

Incluso desde una perspectiva meramente economicista, los problemas viales de la ciudad están llegando a situaciones insostenibles: no solamente es un asunto del despilfarro de combustibles, deterioro de la infraestructura vial, o de pérdida de horas/hombre por el traslado de un punto a otro de la urbe: otra vez, llegamos al impacto anímico y la afectación a la productividad de las personas.

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