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La lucha por construir las esperanzas diariamente resulta ser, en nuestro querido país, un acto que a veces apela a la ingenuidad, otras a la alienación o a una especie de heroísmo. Despertarse y salir corriendo, sin poder siquiera levantar la mirada al cielo o lo que ocurre alrededor. Sencillamente uno se mueve al tambor batiente de la rutina que no repara más que en conseguir los recursos para sobrevivir.

Por una sonrisa en el rostro nos negamos a ver y vivimos con una mirada selectiva para evitar ser conscientes. Escuchamos y repetimos lo que sucedió. Expandimos el rumor, sea con los vecinos en el camino, en la tienda, supermercado, barbería o en el Facebook. A lo sumo nos está permitido reaccionar, pero solo eso. Hemos asumido una forma cómoda o casi obligada para que esa realidad que nos asalta en toda su dimensión no cambie y a la vez, no haga zozobrar las esperanzas de vida que llevamos a diario en nuestro corretear.

Escuchamos la radio cuando nos dirigimos a la jornada laboral y mientras vamos amontonados como aguacates en red o como hormigas en su largo peregrinar haciendo colas inmensas en el tráfico, nos enteramos de que otro bus se estrelló, que agarraron a otros implicados en corrupción, de los sinsentidos que suelen decir los políticos o de tantos asesinatos de mujeres o maltratos y abusos a la niñez.

Vemos y escuchamos las cosas sin reparar en ellas. Las escenas que tenemos frente a nosotros nos muestran la más pobre faceta en que hemos convertido al país. Sabemos de la pérdida anunciada de Amatitlán y desafortunadamente en un futuro próximo, Atitlán. Nos importan un bledo las causas de las muertes cuando se caen montañas por construir complejos habitacionales en zonas de riesgo, o si desaparecen cerros gigantescos por la minería. Como narración apocalíptica se proyectan las escenas trágicas de peces muertos a las orillas de los ríos por la contaminación producida por el cultivo de la palma africana o el desvío arbitrario de los mismos y gente desesperada sin una gota de agua. De todos es conocida la contaminación ambiental en el sur del país provocada por los incendios intencionales de los cañaverales en los ingenios azucareros. Todo ello no nos inmuta, pues hemos aceptado como si fuese ley divina o natural que un grupo de familias hagan lo que les viene en gana y tengan la licencia para hacer leyes a la medida, quebrantarlas o exigirlas según su conveniencia.

Por una extraña felicidad espiritual hemos tenido que renunciar a la perspectiva de transformar las cosas más próximas. Pagando el diezmo correspondiente que luego parará en una offshore, aceptamos como designio divino las condiciones sórdidas de hospitales y escuelas, así como la falta de oportunidades de educación y empleo para jóvenes. Pueden robarse nuestro futuro terrenal, pero todo sea por mi salvación en la otra vida. Total el sufrimiento de la gente vale la pena por la felicidad que al final de cuentas nos depara en el umbral de la muerte.

La esperanza heroica que trabaja, ve a su alrededor, es compasiva y comprometida con la lucha por cambiar las cosas, esa se ve con desconfianza y de reojo. Me refiero a actos como la marcha del agua o a manifestar para botar a un presidente y una vicepresidenta ilegítimos. Pero es lo único que nos queda frente a un sistema donde el sentido de autoridad está en ruinas y donde el concepto de soberanía no importa, pues es más cómodo hacerse de la vista gorda y dejarlo a quienes siguen ejerciendo el dominio sobre nosotros.

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