El Siglo

Fragilidad de la vida en el transporte público

Ph.D Olmedo  España

Investigador social

Afirma José Antonio Marina que “el gran vuelo de la inteligencia fue y es un logro social. Un fruto de la inteligencia compartida”. Es la manera de cómo los seres humanos buscamos la felicidad y el bienestar. La inteligencia es el fruto de la educación y la cultura y la estupidez, todo lo contrario. Esta es la negación de la vida. Es la zozobra y la inseguridad. Es la limitación del desarrollo de las virtudes humanas y  del dolor ajeno. Es  la anarquía y el desorden. La parte fea de la historia  humana.

Y eso es lo que sucede en las carreteras, calles y avenidas del país. Cuando viajamos al occidente y vemos que frente a nosotros aparece como un espanto un bus con pasajeros que da vueltas en las curvas con solo las dos llantas de un lado, sentimos que adentro hay un hombre temerario al frente del volante. Es un traste que pasa  como un bólido de una máquina que ruge a 140 kilómetros por hora sin que nadie se atreva a pararlo o llamarle la atención, a no ser cuando se estrella contra un paredón, contra otro bus o se va a un barranco con muchas personas que gritan agónicamente.

Este desorden en las carreteras  manifiesta que no hay autoridad, no hay normas, reglas, principios, valores, respeto. Es la estupidez lo que prevalece, porque todo va en contra de la vida. Si  la inteligencia es “un logro social”, “un vuelo de la humanidad”, entonces no cabe más que pensar que somos una sociedad estúpida porque en esencia permitimos que sucedan estas tragedias en contra del ser humano.

Asumo aún ante estas escenas de estupidez,  que somos una sociedad inteligente y por ello vamos tras la vida, la felicidad y el bienestar. Para el logro de esta condición humana, el Estado deberá asumir su papel de guía y de ordenador de la sociedad a través de normas y leyes que viabilicen su cumplimiento y su efectividad. Habrá que enderezar a través de la educación, conductas y actitudes de quienes tienen la responsabilidad del transporte público. Pilotos, mecánicos, empresarios y autoridades, son las personas que deben velar por la vida de quienes osan transportarse en esos monstruos que rugen sobre las carreteras del país.

Pero la fragilidad de la vida en el transporte público, no solo está ahí. Está en los buses urbanos en donde son presas de la violencia entre maras. De asaltantes que buscan dinero o cosas de valor. De quienes ultrajan a mujeres  o de extorsionistas que asesinan a pilotos y carreteras maltrechas.

La vida humana es frágil en el transporte público además, por las condiciones de hacinamiento y maltrato. El respeto a la vida se ha perdido. El afecto, la cultura y la educación en valores se esfumaron y hoy más que nunca se deben rescatar estas virtudes,  porque nuestra misión consiste en revalorar  una sociedad inteligente que pare la estupidez social.   

Este desorden en las carreteras  manifiesta que no hay autoridad.

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