Home > Columnas > El valor de la crisis

Estamos acostumbrados a percibir la crisis como algo negativo que se debe esconder. Las crisis son los síntomas de una situación difícil en la que intervienen diferentes factores críticos. Requieren salidas, idealmente, favorables al desarrollo de aquello que lo sufre. Nuestro modelo de Estado, por ejemplo, se encuentra en crisis como resultado del crecimiento constante de los problemas seculares que se han ido acumulando.
Sin embargo, los actores políticos con poder han evitado avanzar en las causas y han logrado que la crisis del Estado llegue al colapso.

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¿Desde cuándo sabemos que la corrupción se anida y multiplica en las instituciones de todos los niveles y de los tres poderes del Estado? Asimismo, que el soborno, el contrabando, la evasión y elusión fiscal son formas de enriquecimiento ilícito de empresarios. Sabemos que militares vinculados a crímenes de lesa humanidad también se vinculan al desarrollo del crimen organizado en todas sus formas. Sin embargo, los dejamos pasar, los dejamos hacer.

¿Desde cuándo sabemos que la falta de un tratamiento serio de la problemática agraria trae consigo la conflictividad por el medioambiente, el agua, la minería, el control territorial, la pobreza y la miseria, la desnutrición y la mortandad infantil? Y sobre las políticas laborales, ¿acaso no vamos caminando en el sentido contrario reduciendo las garantías del empleo, tiempo de trabajo y salario, aún en el Estado, utilizando formas de elusión del Código de Trabajo? Para el Estado, trabajadores y campesinos son el enemigo a vencer.

El Estado se ha vuelto incapaz de resolver los problemas ciudadanos. El gobierno ha perdido su capacidad para regular, mediante leyes mercantilistas que privilegian a pocos. En todos los niveles de la administración pública y en los tres poderes de Estado vamos mal. Pareciera que los gobernantes no quieren hacer lo que les corresponde y simultáneamente que los ciudadanos no quisiéramos ser gobernados. Durante la vida democrática hemos votado sin conseguir que esa vía garantice el bienestar de las familias, el desarrollo y la paz social. Las palabras: reforma y refundación del Estado mueven esperanzas ciudadanas. No así quienes las promueven.

Aspiramos a un cambio urgente, pero sabemos que las reformas del Estado no pueden partir de quienes lo han destruido y corrompido para enriquecerse o se amparan en su defensa para encubrir el crimen. La justicia no puede provenir de los inicuos ni la probidad de los corruptos. La paz y la reconciliación social no pueden venir del olvido ni del punto final. La reforma o refundación del Estado no puede ser el perdón de corruptos y criminales. Reforma debe significar justicia.

La crisis del Estado abre la oportunidad para ajustar algunas cuerdas de la administración de los tres poderes de manera pausada, institucional, o bien por una nueva Constituyente en donde no metan mano los actores de la vieja política. Ese es el valor de nuestra crisis; aprovechémoslo participando.\

¿Desde cuándo sabemos que la corrupción se anida y multiplica en las instituciones de todos los niveles y de los tres poderes del Estado?

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